Para poder entender lo que pasa en el presente hay que analizar a fondo lo que ha venido pasando (2)

Una de las retrancas más visibles para avanzar de veras hacia el desarrollo en todas sus formas está en la tozuda resistencia a conseguir acuerdos entre adversarios naturales, especialmente en el ámbito político pero también en los campos sociales y económicos.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Al hacer un enfoque abarcador de lo que ha sido nuestro proceso de evolución en el tiempo, una de las cosas que van resultando más evidentes es la falta de verdadero interés en conocer a fondo el fenómeno de la realidad en movimiento. La tendencia a dominar el curso de los sucesos ha sido siempre una especie de fatalidad nacional, artificiosa pero de gran poder en los hechos. No es casual, entonces, que cada etapa quiera quedar blindada en forma permanente, lo cual, desde luego, aparte de ser imposible es desestructurador. Esto lo hemos venido viviendo y padeciendo contra toda lógica histórica, y de ello derivan casi todas las distorsiones que se han hecho presentes a lo largo del tiempo. Lo que sorprende es que, de una u otra manera, se quiera seguir manteniendo viva esa deformación tradicional, cuyos males resultantes ya no pueden ser ocultados ni disimulados.

A medida que la llamada posguerra se va desenvolviendo en el tiempo, el ejercicio democratizador cobra más fuerza acumulativa, lo que constituye el mejor producto de la solución negociada de la guerra interna. Desde la perspectiva actual, y consideradas las lecciones de la experiencia vivida en las décadas recientes, lo que tenemos a la mano es el fortalecimiento progresivo de la democracia como régimen de permanencia irreversible. Esto tendría que servirnos de plataforma para visualizar y para ir consolidando el futuro. Porque el futuro nunca surge por generación espontánea, sino que se va configurando sobre las bases del presente. Es por eso tan esencial que el presente dé todo de sí, en razón de las energías nacionales bien administradas.

La gran tarea de este momento en El Salvador está centrada, pues, en reconocer y dinamizar esas energías que se albergan en nuestro ser nacional. No se trata, por supuesto, de un dinamismo simplemente intelectual o puramente técnico, sino de un compromiso bien fundamentado entre la voluntad y la realidad. Hay que ir al fondo de los temas y de los problemas pendientes para no continuar tratándolos como piezas casuales de un rompecabezas circunstancial. Lo que pasa no está aquí por casualidad: viene de lejos y se complica cada vez más. ¿Cómo atajar esa progresión tan negativa? Haciéndonos cargo de la responsabilidad que a todos nos compete. Y esto sólo tiene una vía disponible: el entendimiento razonador.

Una de las retrancas más visibles para avanzar de veras hacia el desarrollo en todas sus formas está en la tozuda resistencia a conseguir acuerdos entre adversarios naturales, especialmente en el ámbito político pero también en los campos sociales y económicos. Los salvadoreños tendríamos que construir confianza de manera generalizada, a partir de la toma de conciencia de que somos una comunidad de destino, con todo lo que eso significa y representa. Tal condición no hay que tomarla como idealismo ingenuo, sino como lo que es: la esencia de nuestro ser nacional proyectado en el tiempo.

El presente actual está sobrecargado de contradicciones y de conflictos, lo cual hace que la problemática del país se mueva sobre un terreno angustiosamente movedizo. Y el pasado, con todas las lecciones que ha venido proveyendo, parece un lastre dejado a la orilla del camino. Lo que nos corresponde hacer, como medida saneadora y reconstructiva, es revisar minuciosamente lo que nos ha dejado la experiencia vivida para ponerlo en función de los desafíos que hoy tenemos entre manos. Sólo así será posible seguirle el hilo a la evolución.

Lo que ya no se debe ni se puede es continuar sometidos a la mecánica improvisada, que es la forma más perversa de sumisión a lo imprevisible. Lo que se impone es el reconocimiento de que lo que ha pasado, lo que pasa y lo que pasará están unidos por un hilo conductor que nos corresponde reconocer, respetar y propiciar. Al fin de cuentas, nuestra principal función como partícipes originarios del proceso se centra en lograr que dicho proceso vaya ganando fuerza direccionada.

Estamos hoy en un escenario abierto, en el que todos participan y en el que la democracia va ganando prestancia, pese a todos los obstáculos que se le presentan en el camino. Es en función de esa dinámica democratizadora que hay que montar las estructuras del futuro. Y no lo olvidemos: en la democracia bien entendida no hay vencedores ni vencidos.

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