Lo más visto

Para poder entender lo que pasa en el presente hay que analizar a fondo lo que ha venido pasando (y 3)

Lo más aleccionador de lo ocurrido el 4 de marzo es cómo la voluntad ciudadana va dirigiendo el juego por encima de las imprevisiones de los participantes. Esto es como decir: la lógica democrática está ganando cada vez más capacidad de imponerse, en función de su propia identidad.
Enlace copiado
David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

Enlace copiado

Las señales que la realidad va dejando paso a paso en su dinámica evolutiva son el mejor catálogo de lo que hay que hacer cuando se presenta cada una de dichas señales. Eso significa que la vivencia cotidiana de todos –individuos y entes colectivos de la más variada índole– debe ser un constante estado de alerta para llegar a saber con la máxima precisión posible cuáles son las actitudes, las decisiones y las prácticas que deben ser desplegadas oportunamente para no tener que enfrentar sorpresas traumáticas de ninguna clase ni perder la dirección del proceso de vida tanto personal como social y política. Esto es parte natural del desenvolvimiento humano, y por consiguiente opera en todo tiempo y lugar, independientemente de las circunstancias específicas.

Nuestra posguerra, que lleva ya más de un cuarto de siglo en el terreno, hay que verla, analizarla y valorarla como lo que es: un mosaico de experiencias que se van articulando en el tiempo. La tendencia nefasta a ver y a considerar lo que pasa como si fuera un brote constante de aconteceres desconectados hace que los traspiés estén a la orden del día y que la impredictibilidad gane cada vez más arraigo. Pero aunque cada día el descuido y la tardanza al respecto nos estén dejando más pérdidas acumuladas, nunca es tarde para rectificar y corregir en lo conveniente. En ese orden de ideas, lo que se dio en la experiencia electoral del pasado domingo 4 de marzo tendría que servir como evidencia ilustrativa de lo que pasa y de lo que podría pasar de aquí en adelante.

En estos días da la impresión de que el futuro inmediato se nos ha venido encima, con el apremio de lo que ya no puede esperar. Y sin que nadie lo advirtiera de antemano, los comicios del pasado 4 de marzo derivaron en un test de viabilidad del esquema existente. Las elecciones legislativas y municipales normalmente no merecen gran atención política, de seguro porque en ellas tienden a reiterarse los equilibrios consabidos. Esta vez se dio un dramático giro, y los resultados electorales trajeron novedades inesperadas, sobre todo en lo concerniente a los apoyos populares que recibieron los partidos. Lo más notorio fue la caída del FMLN que ha producido reacomodo de fuerzas tanto en lo legislativo como lo municipal. Esto habría que analizarlo concienzudamente, porque está por encima y por debajo de los números.

Lo más aleccionador de lo ocurrido el 4 de marzo es cómo la voluntad ciudadana va dirigiendo el juego por encima de las imprevisiones de los participantes. Esto es como decir: la lógica democrática está ganando cada vez más capacidad de imponerse, en función de su propia identidad. Y esto deja además una interrogación abierta: ¿Serán las mayores fuerzas políticas capaces no sólo de asimilar de inmediato los mensajes de las urnas sino de prepararse respectivamente para el reto inminente que se les viene: ir a las urnas de nuevo en 2019 y con un propósito aún más desafiante? Dicha interrogación es en el fondo un cobro de factura por no haber entendido a cabalidad y a tiempo lo que la dinámica del proceso venía poniendo como compromiso y como tarea para todos.

Si los partidos políticos actuantes dejan pasar esta oportunidad sin reconocer sus retos y sus obligaciones frente al proceso en el que insoslayablemente se hallan inmersos, estarían exponiendo a dicho proceso y a la suerte de ellos mismos a cualquier eventualidad destructiva. Todo esto, pues, es cuestión de supervivencia para todos, comenzando por la democracia a la que tanto costó arribar.

Los resultados de la voluntad popular en 2018 y en 2019 irán enlazados de cara al inminente futuro, con proyecciones hacia adelante. No es cuestión de quién gane o quién pierda, porque, como decíamos en la columna inmediatamente anterior, en la democracia no se trata mecánicamente de vencedores y vencidos. Aquí la suerte se decide por la forma en que responden los contendientes a lo que la población anhela y espera. En otras palabras, la decisión depende de cómo entienden y responden los que aspiran a la representación del poder legítimo.

El tiempo apremia para todos. No hay que perderlo en agonías ni en triunfalismos, y mucho menos en la fabricación de justificaciones artificiosas, de la clase que fueren. Lo que hay que hacer es dedicarse al trabajo fructífero en todos los sentidos.

Lee también

Comentarios