Para que el desarrollo se active de veras en el ambiente se requiere que haya disciplina y continuidad en todos los esfuerzos

Todavía es tiempo de activar tratamientos de seguimiento de lo que fue FOMILENIO I y, desde luego, de asegurar que FOMILENIO II no correrá la misma suerte.
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Nuestro país viene padeciendo desde hace tiempos un ritmo de desarrollo muy accidentado e insuficiente, por lo cual las condiciones de vida se les complican a diario a todos los salvadoreños, que en general visualizan muy escasas posibilidades de salir adelante en la forma adecuada para asegurar un presente esperanzador y un mejor futuro. No es que no haya iniciativas en el terreno para activar crecimiento y mejoramiento, pero casi todas ellas se van frustrando en el camino por falta de rumbo bien definido y de progresividad responsable y articulada conforme a la evolución de las necesidades y de las posibilidades.

Como hemos señalado persistentemente, se necesita que haya una verdadera y sostenida planificación a fin de que las energías positivas se encaucen en función de lo que les conviene tanto a la sociedad entera como a sus diversos integrantes. Tal planificación nunca puede hacerse por encima de la realidad, sino que debe asumir de manera cabal y plena todos los componentes del fenómeno real, tal como van manifestándose en las diversas etapas del proceso evolutivo. Y lo primero que habría que tomar en cuenta es que el desarrollo no es una línea única, pues hay que desplegarlo tanto en lo geográfico como en lo humano de modo sistemático e inteligente.

Para que el desarrollo pueda irse instalando de manera definitiva y significativa en el ambiente es indispensable mantener líneas de trabajo que vayan acumulando progreso en el tiempo. En lo que al desarrollo territorial se refiere, estamos necesitando focos impulsores de amplia irradiación tanto zonal como nacional. Ese era el propósito inicial de proyectos como el Puerto de La Unión, que ahora padece letargo crónico, y como el despegue de la Zona Norte que recibió impulso del FOMILENIO I y que hoy está detenido sin perspectivas. Y aunque se habla de desarrollo territorial no se ven en los hechos expresiones convincentes del mismo.

En todo caso, no hay posibilidad de que las iniciativas prosperen en serio si no van acompañadas de disciplina y de continuidad. Las excusas no valen: lo que importa es el esfuerzo responsable. Y eso es lo que hay que poner en acción para que los proyectos se vuelvan motores reales y eficientes. El momento es oportuno para no repetir dejadeces nefastas. Está moviéndose ya el FOMILENIO II en la zona costera, y desde ya se tendría que planificar lo que vendrá cuando el compacto concluya, para que no se repita la triste experiencia del FOMILENIO I, que ha dejado mucho trabajo inconcluso y mucha gente frustrada en el ambiente. Hay que darles, en cualquier circunstancia, el debido seguimiento a puntos claves como el desarrollo productivo, el desarrollo humano, el desarrollo institucional y el desarrollo infraestructural.

En el país lo que ya no podemos es seguir dándonos el lujo maligno de dejar proyectos a medias, porque entonces lo que se potencia es el fracaso estructural, que es lo peor que puede pasarnos, y que nos ha pasado ya tantas veces. Es hora más que sobrada de replantearnos todas nuestras actitudes ante el desarrollo, para que no quede ningún cabo suelto, en función de aprovechar todas las oportunidades que nos ofrecen los dinamismos nacionales, regionales y globales.

Todavía es tiempo de activar tratamientos de seguimiento de lo que fue FOMILENIO I y, desde luego, de asegurar que FOMILENIO II no correrá la misma suerte. Es imperativo que todo eso se haga para dar señales ciertas de que la sensatez progresista va ganando terreno.

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  • fomilenio ii
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