Para que haya estabilidad fiscal y crecimiento económico tiene que haber austeridad sistemática y confianza cierta

El país está endeudado hasta niveles que, por más que se quiera aducir lo contrario, van llegando al límite de lo insostenible; y se sigue queriendo jalar la cobija como si esta fuera interminable.
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Se acaba de anunciar, desde el Gobierno, que los recursos no alcanzan para cubrir lo que hay que pagar en pensiones. Y cuando se conocen las cifras de lo que los entes gubernamentales adeudan a sus proveedores queda reiteradamente en evidencia que no hay ni lo necesario para atender con normalidad el gasto corriente. El país está endeudado hasta niveles que, por más que se quiera aducir lo contrario, van llegando al límite de lo insostenible; y se sigue queriendo jalar la cobija como si esta fuera interminable. La problemática financiera y económica que enfrentamos como país evidentemente no está siendo atendida como se debe, y de continuar en las mismas podríamos llegar a lo que han llegado países como algunos europeos que por vivir haciendo cuentas alegres desembocaron en la crisis sin control.

Cuando se habla de austeridad ninguna estructura gubernamental, sea cual fuere y en cualquier latitud que fuere, asume tal tarea sin resistencia. Y es que austeridad implica ordenarse en la gestión, medirse en el gasto y prepararse para tiempos difíciles. Lo que los gobiernos quieren, en cualquier parte, es quedar bien con la población para su propio beneficio de imagen, y eso implica gasto abierto sin medirse hasta el despilfarro. La austeridad casi siempre es impopular, porque implica disciplina y autocontrol; pero en esto, como en todo, si no se asume la verdadera responsabilidad a tiempo, la tardanza se vuelve bumerán. Eso es lo que, en esencia, nos está pasando, y cada día con más apremios y estrecheces. Al respecto, algo habría que tener muy claro: si no hay austeridad inteligente y constante no puede haber sostenibilidad segura ni gobernabilidad responsable.

Como está sobradamente comprobado en los hechos que se vienen dando en los distintos planos globales, sólo el verdadero y sustentado crecimiento económico genera condiciones y recursos para que la sociedad y la institucionalidad funcionen como debe ser. Desde luego, en una sociedad como la nuestra el imperativo de estimular el crecimiento real se vuelve aún más determinante. Y para ello el factor clave es la confianza, que proviene de la predictibilidad y de la seguridad. Tanto la predictibilidad como la seguridad están en grave déficit en nuestro ambiente, y en tanto eso continúe así las posibilidades de avanzar en serio se van volviendo más escasas.

Por todo ello las decisiones que tome el electorado el próximo 1 de marzo, sobre todo en lo referente a los balances políticos en el seno de la Asamblea Legislativa, son realmente vitales para lo que podamos esperar en el futuro inmediato. Más allá de las novedades que implican el voto cruzado y los concejos plurales, el electorado nacional tendría que tomar en cuenta en primer lugar lo que se necesita para que el país pueda empezar a funcionar de una manera más segura y más estable. Más que cuestión de partidos en sí se trata de asegurar que la correlación de fuerzas impulse hacia los entendimientos de país, para no recaer en las componendas partidarias que conducen a lograr mayorías de ocasión, que sirven a intereses sin importar el bien común.

El electorado tiene que estar consciente del momento nacional, en el que hay que dar saltos de calidad hacia el futuro, con la capacidad y el pragmatismo que la misma realidad demanda. Nadie debe sentirse dueño del poder, porque esa es la vía para pervertir el ejercicio del poder. Hay que hacer permanente conciencia de ello para que el país se mueva en el rumbo del auténtico progreso.

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  • pensiones
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