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Para que la dinámica del proceso nacional cumpla de veras su función debe estar por encima de todo extremismo y de toda parcialidad

Desafortunadamente en el país se continúa haciendo retórica extremista, aunque ya no haya ninguna posibilidad de que el extremismo se imponga en los hechos.
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Como hemos venido señalando sistemáticamente cada vez que resulta oportuno por lo que se está dando en un momento determinado, lo que más ha entorpecido el avance democratizador en nuestro medio es la resistencia generalizada a someter todas las acciones y reacciones, independientemente de dónde procedan y de qué se propongan, a los conceptos básicos que garantizan la buena marcha de la lógica democrática. Esta lógica no es un criterio intelectual sino que debe ser un ejercicio práctico que tendría que operativizarse en todo momento, tanto cuando las cosas se producen normalmente como cuando hay desafíos críticos que hay que enfrentar de modo inexcusable. Estamos, pues, todos y en todo momento, ante una exigencia de racionalidad que viene ordenada por la misma naturaleza de nuestro proceso nacional.

Las condiciones de la realidad política en el mundo, y por supuesto también en nuestro país, han ido evolucionando desde las opciones extremas hacia las posiciones moderadas. Para decirlo en términos precisos, en los tiempos más recientes lo que vemos es un dinamismo que tanto en la derecha como en la izquierda tradicionales va empujando hacia el llamado centro, que no es otra posición ideológica, sino un desplazamiento pragmático inevitable, dado el progresivo fracaso que en los hechos vienen experimentando los extremismos de todo signo. Al ser así, lo que les toca a las distintas fuerzas en juego es reconocer, sin resistencias inútiles y contraproducentes, que hay que avanzar en la dirección que el fenómeno evolutivo está demandando en los tiempos que corren.

Y en lo que se refiere al caso nacional se tendría que distinguir muy bien lo que es retórica política desfasada de lo que son posibilidades reales de poner en práctica transformaciones viables. Desafortunadamente en el país se continúa haciendo retórica extremista, aunque ya no haya ninguna posibilidad de que el extremismo se imponga en los hechos. Todas las fuerzas políticas tendrían que hacer un autoexamen tanto de sus idearios como de sus propuestas de acción, para quedarse con lo que verdaderamente responde a los esquemas realizables tanto en el presente como en el futuro. Y eso nos ahorraría el desgaste innecesario de continuar promoviendo lo impracticable y de seguir empeñados en el ataque contra lo que ya no tiene viabilidad histórica. Siempre hay que ir poniéndose al día en todo para no quedarse al margen de la realidad, y eso es aún más imperioso en los planos de la política actuante, cuyo rol conductor es tan decisivo.

Aunque en el mundo se están viendo múltiples brotes de extremismo, tanto en la izquierda como en la derecha, puede colegirse fácilmente que esas son reacciones autodefensivas de aquellos que no quieren acoger las lecciones reordenadoras que está trayendo consigo la evolución histórica, que hoy asume de manera cada vez más explícita un pragmatismo de nuevo estilo, que no es mecánico sino crítico. Dicho cambio de referente es una de las grandes noticias estructurales de nuestro tiempo, y hacerle honor a ese giro sin precedentes debería ser compromiso sin fronteras, es decir, en clave local, nacional, regional e internacional.

Esto tiene que ir vinculado con la activación de los valores humanos como factores vivos de convivencia. Y entre ellos, el valor solidaridad, para atender en lo posible necesidades de los otros por encima de los colores ideológicos o de cualquier otra diferencia. La humanización social debe estar presente siempre para que la sociedad prospere de veras.

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