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Para que la educación sea lo que debe ser, el maestro debe aportar todo lo que le corresponde

El que enseña de veras aprende al mismo tiempo de su enseñanza. Es un proceso de ida y vuelta, como un círculo virtuoso que no tiene fin. Y en definitiva se puede afirmar que el maestro y el alumno acaban siendo uno.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Cuando en estos tiempos se habla de educación formal se tiende a reducir los conceptos, como si todo fuera cuestión de esquemas, de programas y de líneas de trabajo. Se ha querido que prevalezcan los criterios dizque científicos y técnicos, en detrimento de las sustancias esencialmente humanas del fenómeno. En esto, lo que se ha dado es una especie de retroceso empobrecedor, cuyos efectos negativos están cada vez más a la vista. Y ante una situación tan cargada de peligros estructurales y de deficiencias crecientes lo que se impone es la revisión a fondo tanto de los enfoques como de las perspectivas. Habría que preguntarse de inmediato: ¿Hacia dónde va el ejercicio educativo de nuestro tiempo? Y aunque las respuestas sean variadas, según la sociedad y la latitud de que se trate, los contenidos finales son básicamente compartibles.Y el punto de mayor confluencia es el que se refiere a la creciente deshumanización que va haciéndose sentir cada vez más en la contemporaneidad. Es como si la comunicación expansiva, que difunde por doquier sus mareas tecnológicas, produjera, en contraste perturbador, un aislamiento progresivo; y esto se vive hasta en los espacios más comunes como son aquellos a los que acude la gente en sus desplazamientos cotidianos: cada quien encerrado en la pequeña pantalla de su celular o de cualquier otro aparato electrónico, como si nada de lo que está alrededor existiera. Esa tendencia al autismo social es, sin duda, una de las más peligrosas del momento presente, que de no ser superada con estrategias de renovación humanizadora podría llevar a la inviabilidad existencial de nuestro tiempo.

Puestos en este punto vemos enfrente las imágenes de aquellos seres que tienen más posibilidad de incidencia en el diario vivir de todas las personas. Ahí están los padres y los maestros. La escuela de la casa y la casa de la escuela. Enfoquémonos en este momento sobre la imagen del maestro, cuyo Día será oficialmente el próximo 22 de junio. Un maestro, en el auténtico sentido del término, es, para empezar, un constructor de conducta y al mismo tiempo un habilitador de conocimiento. Cuando el maestro, sea hombre o mujer, se posesiona íntimamente de su rol, la tarea de educar se vuelve un rito de proporciones trascendentales. El que enseña de veras aprende al mismo tiempo de su enseñanza. Es un proceso de ida y vuelta, como un círculo virtuoso que no tiene fin. Y en definitiva se puede afirmar que el maestro y el alumno acaban siendo uno.

Para que eso pueda darse en la plenitud debida hay que ponerle un énfasis muy especial a la formación humana y profesional de los maestros. Esta no es una profesión como las demás, porque los que se dediquen a ella van a ir a formar mentes y voluntades en el más amplio sentido de dichos términos. Es mucho más que la adquisición de conocimientos y la transmisión de los mismos: hay un flujo vital que mueve ánimos, inspira corazones y fertiliza conciencias. El maestro en plena posesión de su misión responsable ejerce la paternidad complementaria, y en un nivel que, por su propia ubicación, favorece los contactos comprensivos. Cuando el maestro funciona efectivamente como tal, el alumno se vuelve discípulo, y esa es la condición más formativa que puede existir. Es el nivel al que siempre hay que aspirar.

Este 22 de junio, como todos los años, recuerdo a mis maestros y les rindo tributo de cariño y gratitud. A Consuelito Rico de Liévano, mi maestra de kindergarten, allá en el Colegio Santa Teresita del Niño Jesús, que por gracia de Dios aún está entre nosotros y seguirá estando; al joven profesor de Cuarto Grado, Genaro Colato, en el “García Flamenco”; a Don Rubén y a Don Saúl, las figuras máximas de mi experiencia de aquellos años en el mismo colegio; y a mis maestros universitarios en la Escuela de Jurisprudencia y Ciencias Sociales de la Universidad de El Salvador, entre ellos mi tío Reynaldo Galindo Pohl, don Arturo Castrillo Zeledón, don Rafael Ignacio Funes, don Adolfo Óscar Miranda, don Francisco Arrieta Gallegos, entre otros. Y mi maestra máxima, doña Lilliam Pohl de Galindo, la abuela materna que cualquiera querría tener. ¡Loor a todos ellos!

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