Para que la prevención de la criminalidad funcione hay que plantearla en los hechos reales

No hay que perder de vista que cuando se habla de prevención en verdad se hace referencia a la creación de condiciones que arrancan desde la familia, pasan por la formación educativa y desembocan en los diversos ámbitos sociales.
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Para que la prevención de la criminalidad funcione hay que plantearla en los hechos reales

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Dadas las condiciones crecientemente inseguras en que se desenvuelve la vida nacional en estos tiempos, se ha vuelto cada día más imperioso ponerle atención prioritaria a la compleja y variada temática de la violencia, que tiene su expresión más peligrosa y destructiva en el accionar del crimen organizado. En ese ámbito, la agresiva expansión del fenómeno pandilleril constituye sin duda el máximo desafío que enfrentamos como sociedad en este campo, y aunque ha habido grandes resistencias a dimensionar en serio tal fenómeno, los datos de la realidad van golpeando con tanta fuerza que ya no es posible evadirlo. En tal sentido, puntos cruciales como la persecución legal, la prevención social y la reinserción programada surgen constantemente como tareas verdaderamente prioritarias.

Hay cada vez más referencias a lo importante que es desplegar una estrategia de prevención de la violencia y del crimen que resulte no sólo factible sino sobre todo eficaz en los hechos. El problema para los operadores institucionales estriba, de entrada, en que prevenir implica reorientar conductas desde la base del acontecer familiar y social, y eso no puede ser logrado por medio de medidas coyunturales o de tácticas de ocasión, que son las que prevalecen en el quehacer político. Hay ahora sobre el terreno programas como el llamado El Salvador Seguro, que están produciendo efectos positivos, pero siempre parciales, lo cual indica que hay que pasar a enfoques y tratamientos mucho más integradores.

Y lo anterior resulta aún más gráfico en lo que a prevención se refiere. Está bien, para el caso, que haya esfuerzos locales, como los que se vienen anunciando, que ayuden a estimular y a fomentar la prevención; aunque para conducir a resultados que tengan la auténtica categoría de tales, es indispensable que haya una red estratégica que les dé cohesión a todos los esfuerzos. No hay que perder de vista que cuando se habla de prevención en verdad se hace referencia a la creación de condiciones que arrancan desde la familia, pasan por la formación educativa y desembocan en los diversos ámbitos sociales. En el fondo de lo que se trata es de hacer que las oportunidades de autorrealización normal tengan un imán más fuerte que las invitaciones engañosas y autodestructivas de la delincuencia en cualquiera de sus formas.

Lo anterior significa que para prevenir de veras el ingreso en el mundo delincuencial hay que ir sentando bases de convicción desde las etapas más tempranas de la vida. Es cierto que en el curso de la experiencia existencial de aquéllos que están más expuestos a caer en las trampas del crimen se deben tomar medidas para que tales llamados no prosperen, pero el esfuerzo preventivo integral no puede ser descuidado en ningún momento, porque de lo contrario los tentáculos de la criminalidad se seguirán colando por donde puedan.

Quisiéramos ver proyectos debidamente articulados en esas tres áreas de las que hemos hecho mención: la persecución de toda actividad delincuencial, la prevención de las conductas criminosas y la reinserción real de los que vienen de ser parte de estructuras criminales. En realidad lo que tendría que construirse y desplegarse es un solo plan de lucha contra todas las expresiones de la violencia y del crimen, que no deje ningún cabo suelto. Asumir esa tarea tendría que ser un compromiso de nación.

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