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Para que las cosas, independientemente de su naturaleza, resulten bien, hay que pensarlas bien y planificarlas bien

Lo que de manera más persistente estamos viendo y viviendo en nuestro país desde hace ya bastante tiempo es un entramado de situaciones que evidentemente se han salido o están a punto de salirse de control.
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Para que las cosas, independientemente de su naturaleza, resulten bien, hay que pensarlas bien y planificarlas bien

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La reacción más generalizada ante ello va casi siempre orientada a buscar culpables y a generar reacciones de rechazo mecánico, con lo cual los problemas reales se van enredando más y las soluciones posibles se vuelven cada vez menos atinables. Lo que se requeriría, entonces, en primer término, es hacer una especie de reconsideración de las actitudes valorativas para partir de juicios que se refieran a la realidad tal como es y no a las sensaciones y a las emociones que la realidad provoca.

Lo que la generalidad de los salvadoreños perciben de lo que sigue pasando en el país es que estamos mal y que vamos para peor. Tal percepción se ha venido haciendo cada vez más reiterativa en el tiempo, con los efectos traumatizantes que eso acarrea. No es de extrañar, entonces, que haya en el ambiente tantos sentimientos negativos, que actúan como retrancas anímicas, y que por eso mismo son en definitiva las más obstaculizadoras de la normalidad y del progreso.

Al ser así, lo primero que tendría que merecer atención es el estado de ánimo prevaleciente, para proyectar a partir de ahí una estrategia de reconversión nacional, que debe comenzar a manifestarse en el área de las voluntades. En otras palabras, los salvadoreños lo que estamos necesitando de entrada es mirarnos de frente en nuestro propio espejo para reconocer las imágenes que no funcionan o que funcionan mal, haciéndolo con el fin de replantearnos todas las actitudes nacionales, que son las que fallan en la base.

No se trata de pasar de un pesimismo recalcitrante a un optimismo ingenuo, porque eso sería caer en el otro extremo del mismo mal, sino de ponernos a tono con lo que verdaderamente se requiere para que el país deje de ser el programador obsesivo de su propia desdicha para pasar a ser el reconstructor selectivo de su propia confianza. La norma clave, que por sencilla no demanda explicaciones adicionales, tendría que ser: “Comprometerse a hacer bien las cosas”. Y, como decimos en el título de esta columna, para que las cosas salgan bien, hay que asegurarse de que están bien pensadas y bien planificadas.

“Ponerles coco”, como se diría en el gráfico lenguaje coloquial que usamos los salvadoreños; y luego “ponerlas en su puesto”, como se diría en el habla natural de la gente práctica. En otras palabras, orden para empezar, orden para seguir y orden para culminar, en cada una de las tareas que la dinámica del proceso nacional nos va poniendo a todos como deber colegial para ser presentado en la jornada que viene, que es la de mañana mismo.

El pensamiento y la planificación no pueden ser nunca factores opcionales: si no se piensa a fondo ni se planifica en serio lo que resulta es el desperdicio de energías y de oportunidades que ha sido hasta ahora nuestro pan insalubre de cada día. Como decíamos no hace mucho: hay que entrar en razón para evitar que la sinrazón nos deje definitivamente afuera.

Lo más revelador de esta demanda histórica es que no hace discriminación de destinatarios: todos los salvadoreños, sean cuales fueren sus poderes, sus quehaceres, sus colores o sus resquemores, están llamados a la misma misión de país, que en esencia consiste en hacer del país el verdadero lugar de destino de todos. Esto puede que a muchos les produzca urticarias, retorcijones o náuseas, pero convengamos al menos en que para que el futuro no esté dominado por el trastorno inmanejable hay que superar en el presente las neurosis acumuladas.

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