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Para responder adecuadamente a lo que pasa en el presente hay que hacerlo sobre la base de lo que es la realidad actual

El mundo internacional se ha venido convirtiendo en un ring de lucha callejera, y los liderazgos que ahí se mueven muestran cada vez menos respeto a su propia condición.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Una de las actitudes que más dificultan el tratamiento de los problemas que se presentan en cada momento histórico es la que deriva de la obsesiva tendencia a seguir viendo las cosas como eran antes, sin querer entender que el paso del tiempo va creando condiciones que es indispensable tomar en cuenta para poder encaminarse hacia las posibles soluciones que correspondan al hoy respectivo. Dicha tendencia, aparte de ir acumulando inoperancias, provoca extravíos y desata confusiones, como es aún más perceptible en esta época en la que todo está a la vista de todos, globalmente hablando, por efecto de la incontenible marea expansiva de las comunicaciones virtuales.

Hay cuestiones que, en las circunstancias del momento, se vuelven aún más reveladoras, dada su naturaleza particularmente cambiante y su problematicidad de características propias. Y entre esas cuestiones, la que nuestros países del entorno centroamericano y en especial los del llamado Triángulo Norte –Guatemala, El Salvador y Honduras– están viviendo y padeciendo de manera ahogante: la suerte de nuestros migrantes hacia el Norte, donde está en práctica hoy, más que una política con fines autodefensivos, como se quiere hacer creer, un rechazo y un acoso prejuiciados. Habría que entender de entrada que los fenómenos migratorios del presente tienen en su base, cualesquiera fueren las condiciones concretas de cada caso específico, el ansia de ir a buscar el desarrollo ahí donde ya existe, sin tener que esperar que éste vaya apareciendo en los lugares de origen.

Si no se hacen lecturas y análisis suficientemente ajustados a lo que son los hechos y sus proyecciones en este momento que se vive, siempre estaremos dando palos de ciego, con las consecuencias desorientadoras y depredadoras que eso trae consigo. Y este es un despiste abrumadoramente común en el mundo actual, que se da en prácticamente todas las esferas del espacio global. Y es que si bien el desarrollo material y científico puede crear diferencias notables en el plano factual, la naturaleza humana se manifiesta como tal en todos los ámbitos y situaciones. Y esto último lo estamos constatando en estos días de manera inequívoca.

En la política, tanto internacional como nacional, todo esto se reproduce de modo aún más riesgoso, porque lo que se está manifestando, cada vez con mayores signos inquietantes, es el tipo de apuestas que parecen juegos de azar. Los liderazgos improvisados e imprevisibles están a la orden del día, y eso puede significar peligros más ruinosos que los que generan las aventuras ideológicas. En este mundo globalizado lo que más prospera es la extravagancia temperamental, y los temperamentos qué más se hacen sentir son los que presentan una explosividad fuera de control.

No es de extrañar, entonces, que nos hallemos crecientemente invadidos por la retórica más desafiante, cuyo predominio se ha vuelto una especie de plaga cuyo único propósito es hacerse valer, sin medir ningún tipo de consecuencia. Y eso se experimenta a diario hasta en los ambientes que parecían inmunes a tales extravagancias. El mundo internacional se ha venido convirtiendo en un ring de lucha callejera, y los liderazgos que ahí se mueven muestran cada vez menos respeto a su propia condición. Así las cosas, lo que hay que esperar, con todas las fuerzas de la convicción bien orientada, es que la construcción de una sana normalidad se vaya imponiendo en forma progresiva. Para que eso se dé hay que mover voluntades en la línea de la acción correctora, a partir de ejercicios de análisis del fenómeno real que no se basen en artilugios interesados sino en visiones responsables.

Desarmar artificios y desmantelar inconsistencias sería el primer paso hacia la comprensión efectiva de lo que está pasando y de lo que nos está pasando en este preciso momento histórico, en todos los niveles y ámbitos de la contemporaneidad. Es al mismo tiempo una tarea de limpieza y una labor de reajuste. Se trata de enfocar el presente incorporando las lecciones del pasado, pero sin dejar que éste siga ejerciendo protagonismo conductor.

Ninguna hoja se mueve sin que el aire la impulse. Las hojas vienen de ayer, pero el aire es fuerza de hoy. Ahí está el retrato de la experiencia funcional. Dentro de esa lógica habría que encarar la vida, ahora y siempre.

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