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Para retomar en serio la cultura de paz se hace indispensable entender el momento que vivimos y sus perspectivas

La cultura de paz, entonces, es más pero mucho más que una serie de declaraciones y un cúmulo de propuestas que se quedan en eso y no traen consigo las herramientas que permitan emprender el ejercicio reconstructor y hacer que se plasme en obras permanentes.
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En los tiempos posteriores a la finalización negociada del conflicto bélico que traumatizó al país durante más de una década se estuvo hablando con bastante insistencia de la necesidad de impulsar en el país un esfuerzo sostenido para que la cultura de paz fuera haciéndose presente en los distintos ámbitos de nuestra sociedad. Se habló de ello, pero, como es costumbre arraigada entre nosotros, nunca se pasó del dicho al hecho, y jamás hubo un proyecto que surgiera sostenido por la voluntad efectiva de hacer que arraigara y fructificara. Y eso, en buena medida, era de esperarse, porque si algo ha caracterizado nuestro proceder histórico es la falta de atención sistemática a todo aquello que se refiere a nuestras condiciones básicas.

Tenemos que empezar por decir que una cultura de paz bien entendida como tal implica recomponer el tejido de nuestras conductas personales y sociales haciendo uso de los instrumentos que la moral y la razón ponen siempre a nuestro alcance. Y dicho instrumental está constituido por los principios y los valores que al hacerse vigentes de manera generalizada posibilitan ir al encuentro de la convivencia pacífica y del sano desarrollo. La cultura de paz, entonces, es más pero mucho más que una serie de declaraciones y un cúmulo de propuestas que se quedan en eso y no traen consigo las herramientas que permitan emprender el ejercicio reconstructor y hacer que se plasme en obras permanentes.

Si estamos hablando de una nueva cultura tenemos que tomar inmediatamente en cuenta que darle vida como tal exige ir a las raíces del ser nacional, para desde ahí recomponer el entramado de las conductas e ir saneando y limpiando todo lo que con ellas se produce. Y en este caso, al tratarse cultura de paz el trabajo se hace aún más complejo porque la paz resulta de un ejercicio de autocontroles, que son lo más difícil de lograr y de sistematizar. Todo lo anterior se tiene que ubicar en el tiempo, porque la cultura de paz sólo es sustentable cuando los mecanismos de la realidad le abren espacios propicios.

Lo que sí es claro fuera de toda duda es que los salvadoreños necesitamos habilitar la cultura de paz con toda urgencia. Y como nuestra sociedad se halla tan traumatizada y fracturada por tantos flagelos sumados en el tiempo, hay que dedicarse de inmediato a mover voluntades en esa línea, muy especialmente voluntades políticas, que vienen siendo desde siempre las más reacias a comprometerse con el bien común.

Una auténtica cultura de paz tiene que arrancar de la aceptación de que todos los salvadoreños tenemos derecho a un buen presente y a un mejor futuro. Dejemos de estar centrados obsesivamente en las diferencias para cooperar en función de todo lo que tenemos en común. Este es un ejercicio de armonía fundamental, en el que hay que activar las esencias más vivas de la salvadoreñidad para que emerjan sus energías más potentes.

La familia, la escuela, la institucionalidad y la sociedad en conjunto tienen que ir al encuentro de la convivencia pacífica, sostenida sobre las bases del destino que compartimos. El momento histórico es propicio para ello.

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