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Para ser competitivos hay que cambiar de actitudes y de visiones

Lo primero que tendrían que hacer los distintos liderazgos nacionales es sentarse, pero no a una mesa para resolver pleitos de ocasión, sino a un convivio para establecer la estrategia de la confianza nacional permanente.
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<p>En el ranking de competitividad que presenta periódicamente el Foro Económico Mundial, El Salvador está hoy ubicado en el puesto 101 entre 144 países, habiendo descendido 10 posiciones respecto de la que obtuvo en 2011. En Centroamérica, sólo Nicaragua está debajo de nosotros, pero ha avanzado 7 posiciones. Este dato viene a sumarse, como una señal comprobatoria, a lo que se viene observando, percibiendo y vivenciando en el ambiente nacional, sin que hasta la fecha las evidencias de nuestra problemática estructural y coyuntural, que cotidianamente nos golpea, haya sido capaz de mover voluntades hacia un nuevo modo de enfrentar nuestros retos.</p><p>Se señalan factores principalmente incidentes en este deterioro progresivo de la competitividad, como el auge delincuencial, la inseguridad institucional, la sequía de inversiones, la desconfianza política, la escasez de innovación, el retraso educativo en áreas fundamentales para la productividad, las dificultades de acceso al crédito y el burocratismo obstructor. Todo eso está ahí, en una especie de consolidado perverso, que nos impide crecer como necesitamos y competir como requerimos. Pero hay que entender, de entrada, que todos estos nudos problemáticos sólo podrán ser enfrentados eficazmente desde una nueva perspectiva nacional.</p><p>Lo primero es identificar cuáles son los componentes que debemos poner en juego, como sociedad y como institucionalidad, para hacer la tarea que ahora mismo le corresponde emprender al país en su conjunto. Y entre dichos componentes hay tres que son claves: confianza, predictibilidad y armonía entre sectores y entre instituciones. Esos no son elementos excepcionales, sino todo lo contrario: constituyen las piedras angulares de una evolución nacional que sea capaz de convencer a propios y a extraños de que El Salvador funciona, y de que dicha funcionalidad tiene suficientes bases y energías para asegurar el futuro.</p><p>Vivimos en el reino de las desconfianzas mutuas, llevadas al nivel del paroxismo. Lo que pasa entre la cúpula gubernamental y la cúpula empresarial es el retrato más patético de ello. ¿Cómo se puede crecer y ser verdaderamente competitivos cuando los principales actores de esos desafíos están en éstas? Lo primero que tendrían que hacer los distintos liderazgos nacionales es sentarse, pero no a una mesa para resolver pleitos de ocasión, sino a un convivio para establecer la estrategia de la confianza nacional permanente. Y eso daría pie para que empezara a generarse la predictibilidad que tanto necesitamos para ser y parecer competitivos. </p><p>En otras palabras, no hay crecimiento ni competitividad que merezcan el nombre de tales si no tienen como fundamento la armonía democrática, que se sustenta en el respeto a la lógica propia del sano ejercicio de la democracia. Es urgente que esto lo entiendan, lo asimilen y lo pongan en práctica todos los actores del drama nacional, que por ratos parece comedia y que a veces toma tinte de tragedia. El país ya no puede seguir empantanado en la desconfianza, en la incertidumbre y en el conflicto. Datos como este del ranking de competitividad del Foro Económico Mundial deberían ser toques vivos de atención para cambiar actitudes y renovar visiones.</p><p>Alguien debe tomar la iniciativa para impulsar estos giros insoslayables; y, desde luego, es a la Presidencia de la República a quien le compete hacerlo, por sus mismas responsabilidades constitucionales. Es cosa de crear de inmediato las condiciones apropiadas para el trabajo.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>

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