Para superar el asfixiante centralismo es vital promover a profundidad una cultura comunitaria integradora

Lo urbano y lo rural, que antes se comportaban como realidades prácticamente incomunicadas, hoy pertenecen cada vez más a un dinamismo común.

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El Salvador ha sido un país centralizado desde siempre, y lo ha sido en todos los órdenes de vida y todos los campos de acción, y pese a que su escasa dimensión territorial pareciera propicia a una dinámica de convivencia espontáneamente intercomunicada. Por contraste, lo que la experiencia muestra es una especie de superposición de realidades muy claramente diferenciadas: los centros ciudadanos más grandes y donde se concentran los núcleos de poder político, social, cultural y económico; las comunidades urbanas periféricas, donde el vivir presenta muy pocas oportunidades de despegue hacia niveles superiores de autorrealización y de prosperidad; y las zonas rurales, prácticamente olvidadas o mínimamente atendidas. En un mapa humano de tales características los desajustes y las injusticias son el amargo pan de cada día.

En otros tiempos, todo lo anterior llegó a parecer lo más natural del mundo, y así se gestaron los principales factores de una conflictividad interior que condujo en sus respectivos momentos a los quebrantos que todos conocemos. ¿Cómo extrañarse entonces de que hubiéramos llegado al extremo de padecer un conflicto bélico interno, en el que los salvadoreños nos destruimos mutuamente sin la menor piedad? Y ahí hay que agradecerle a nuestra propia conciencia nacional que fuera armando un nuevo juego de piezas históricas en el que hoy podemos movernos hacia otras formas y espacios de vida.

Nada de lo que pasa dentro de una sociedad determinada surge por generación espontánea: todo se gesta con causas y efectos; y en consecuencia la responsabilidad de las sucesivas generaciones debe partir de una actitud proactiva, centrada en lo que ya está aquí y enfocada hacia lo que viene. Y eso es más cierto e insoslayable aún en los tiempos que corren, cuando la interconexión entre generaciones posibilita como nunca antes que lo heredado y lo incipiente puedan integrarse en un trabajo común de perspectivas alcanzables.

El centralismo ya no puede operar normalmente bajo ningún concepto en esta era de transversalidades incontenibles, que se cuelan por todas partes como si fueran una marea invasiva sin límites. Lo urbano y lo rural, que antes se comportaban como realidades prácticamente incomunicadas, hoy pertenecen cada vez más a un dinamismo común. La centralización muestra así los artificios que contiene como tal, y lo que está ocurriendo en los diversos órdenes de la realidad estructural es un reordenamiento de interacciones, en el que nadie es más que nadie, aunque continúen habiendo, como es natural, centros de poder y concentraciones de progreso y de riqueza.

Al ser así las cosas lo que estamos constatando en todos los niveles nos presiona de modo positivo hacia la superación de esos límites deformantes que se han impuesto para mantener viva la fragmentación social, una de cuyas manifestaciones extremas es el centralismo que aquí comentamos. Esto va en sintonía con los impulsos aperturistas que se hacen sentir con intensidad ascendente, y no por efecto de voluntades políticas o socioeconómicas determinadas, sino sobre todo a consecuencia del tránsito indetenible hacia formas de ser y de comportarse que vienen de la mano con los empujes globalizadores que van haciéndose valer por todas partes.

Avancemos, pues, hacia un esquema de convivencia nacional más participativa y equitativa, partiendo desde la organización territorial y abarcando todos los otros factores en juego. Este es un requerimiento de modernización que no admite más tardanzas ni desvíos.

Tags:

  • centralismo
  • límites
  • convivencia
  • modernización

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