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Paradigmas en el caso chileno

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José Andrés Oliva Cepeda

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El 18 de octubre de 2019 se vivió una jornada sin precedentes en Chile; después que se incrementara el costo del pasaje del metro de Santiago, amplios sectores sociales manifestaron su malestar; 70 estaciones fueron destruidas y se produjeron masivas y constantes marchas de protesta. Un compañero chileno me lo describió como una "ruptura"; me dijo: "no confiamos en ninguna institución, ni en la Corte Suprema, ni en el gobierno, queremos una nueva Constitución". La consigna me pareció la más alta expresión de descontento social que puede existir, en tanto al romper la Constitución se destruye el contrato social y la sociedad pierde la institucionalidad que por años edificó. Alcanzar ese hito representaría un punto de retroceso, sin retorno a corto plazo. Tal cual, a usted, se le rompe un vaso de vidrio y mejor lo tira a la basura porque ya no lo puede volver a pegar.

Lo acontecido no deja de ser paradójico. La información disponible muestra que la clase media en Chile es una de las más expandidas en Latinoamérica, eso implica que la tasa de crecimiento, modernamente "alta", -con 4.1%-, también se traduce en ascensos de ingresos relativamente altos, de una proporción amplia de la población. Contabilizando a la paridad de poder adquisitivo, durante 2017 en Chile el 55.2% de la población presentó ingresos diarios entre US$13 y US$17 dólares; como referencia, ese segmento alcanzó el 37.1% en 2011, es decir, que el grupo considerado "medio" se ha expandido. En contraste, en El Salvador el porcentaje en este estrato se ubicó en 22.4% en 2017. Es decir, a pesar que los precios en Chile pueden ser más onerosos, lo que se adquiere con esos ingresos, es uno de las más elevados de la región, y por el contrario el acceso por parte de la población se ha acrecentado.

Lo anterior aún no incorpora la gestión pública o saldo neto entre los impuestos que se pagan y los beneficios que se reciben; sin embargo, tampoco parece que en Chile, no se hayan incorporado intervenciones para mejorar a las familias de menores recursos; existieron programas como Chile Solidario (2002), Chile crece contigo (2008). Asimismo, el contexto general indica que la concentración del ingreso muestra cierta mejora por medio de la política fiscal -el índice de Gini disminuye de 0.494 a 0.42 ["The impact of fiscal policy on inequality and poverty in Chile", Sandra Martinez, Enero 2017.].

Es evidente que la información del marco parte de una visión general y no individual; con lo cual sin poner en entredicho los datos anteriores, el paradigma del descontento podría sumarse y orientarse a lo que piensa o siente la gente, y su percepción sobre cómo debería y cómo se perfila no solo el futuro del país, sino el propio. A la raíz del descontento, posiblemente se encuentre una tensión o brecha entre la expectativa futura de bienestar "económico"; y la realidad cotidiana, que "individualmente" adentro del país, como en otros, puede llegar a ser muy difícil.

Al respecto, un aporte relevante se plasmó en el documento "Chile en 20 años", publicado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, donde se menciona que "los éxitos no implican ausencia de tensiones, sino el surgimiento de nuevos desafíos"; asimismo, establece como hipótesis que "la subjetividad importa". En relación con dicha expectativa o subjetividad el informe indica que "importa en sí misma, porque en última instancia lo que es relevante, es lo que sucede en las vidas cotidianas de las personas y los sentidos que estas le atribuyen a esa vida".

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