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Cristian Villalta

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En un mes, el Fmln tendrá candidato a la presidencia. Sin importar su nombre, sabemos que se apellidará Martínez, que no hará ninguna crítica a la extraviada conducción que el partido sufrió en los últimos años y que tendrá el Everest comunicacional de venderle esperanza a un electorado que ya les compró una o hasta dos veces con terribles resultados.

A muchos izquierdistas se nos antojaba una revolución en el Fmln, a más no haber. Creímos que luego del desgobierno de Salvador Sánchez Cerén, del comprobado cinismo de la comisión política del Frente y las consecuencia electorales provocadas por esas dos taras, advendría siquiera una discusión pública en ese instituto.

Lo que sucedió al desastre electoral, no obstante, fue sólo la confirmación de la parálisis de liderazgo que el partido oficial sufre desde hace ya algún rato. La suma de la autocrítica en el Fmln es cero. Vamos, es que si la gran perestroika en el Gobierno luego de marzo fue empoderar a Óscar Ortiz, sólo queda apagar las luces e irnos todos a Masada.

Lo de la izquierda salvadoreña ha sido trágico: una vez convertida en gobierno, se olvidó de programa, visión y contenido, y lo redujo todo a estrategia, táctica y dialéctica. Y una dialéctica vulgar, chabacana, ramplona. Y, por maldita lógica histórica, sus mejores hombres y mujeres se fueron quedando en ese tránsito de 40 años de promesa subversiva a facción oficial que acabó empequeñeciéndolo.

El Fmln urge de un cambio profundo; confío que ocurrirá pero no será en el marco de las elecciones de 2019, que sólo representarán el canto del cisne del grupo de Medardo, Norman, Merino, Ortiz y anexos.

Mi confianza tiene poco de qué asirse, excepto de las causas finales, teleológicas si quieren, que son el motor no sólo del Frente sino del pensamiento de izquierda en El Salvador.

Parece obvio que habrá un cambio en el gobierno el próximo año. No hay razones de peso para pensar en otros cinco años del Frente. A la vez, hay motivos para creer que la próxima administración profundizará la carga impositiva, le recortará a la inversión social y recrudecerá el enfoque militarista de la seguridad pública.  

El espectro nacional está fragmentado, sin vasos comunicantes sanos entre las distintas tendencias ni entre sus caudillos; sólo un estadista conseguiría que esas ideas convivan y se instale el necesario ambiente para administrar las tensiones que se aproximan a la vista de todos.

Pero de eso, no hay nada en la vitrina de 2019. De la derecha se percibe la ansiedad de recuperar el Ejecutivo, no conciencia de sus graves errores del pasado ni tampoco vergüenza de cómo se benefició con la corrupción de su último gobierno. Así, ¿cómo?
Ninguno de los otros partidos ni movimientos aportan una alternativa en esta coyuntura: algunos se vacían en culto a la personalidad sin contenido y los otros son cofradía de amigotes.

En uno, cinco o diez años dependiendo de cuanto tiempo se pierda en las veleidades electorales, cuando la nación ya no soporte lo anormal de nuestro Estado, lo alienado de su funcionamiento, se necesitará de un compromiso humanista de nuestra política, tan secular como sea posible. La izquierda del mañana, la que debe erguirse sobre las cenizas del naufragio de este Fmln, verá entonces su hora.

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