Partos de la historia

Los Acuerdos de Paz de 1992 marcaron un hito en la historia no solo dentro de las fronteras patrias, sino en el campo internacional. Era la primera vez que un conflicto armado se resolvía por la vía del diálogo y la negociación. Por eso las Naciones Unidas puso el caso de El Salvador como un ejemplo para el resto de países en conflicto.
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Desarmar a los cuerpos de seguridad y reemplazarlos por una inexperta Policía Nacional Civil (PNC) supuso un altísimo costo durante la transición. Primero vimos bandas de asaltantes y secuestradores, de ambos bandos, blandiendo armas, lo único que habían aprendido a hacer durante más de una década de conflicto. Después vimos el surgimiento, florecimiento, complejidad y brutalidad de las pandillas.

Es cierto, la sociedad merecía cuerpos de seguridad cercanos a los ciudadanos, sin estructura militar, pero entre la desmovilización de la Policía Nacional, Policía de Hacienda y Guardia Nacional y el afianzamiento de la PNC hubo espacio suficiente para que grupos criminales se fortalecieran, para que los mecanismos de control territorial del Estado se disolvieran y permitieran el surgimiento de organizaciones tan complejas y brutales como las pandillas.

Los sucesivos gobiernos post Acuerdos de Paz pusieron primero la resolución de otros problemas, sobre todo económicos, y la inseguridad fue creciendo poco a poco. La política se volcó más hacia el tema de la alternancia, a la lucha de una nueva fuerza política en el espectro nacional por tener cada vez más control de estructuras del Estado.

Quizás ahora muchos piensan que celebrar 25 años de paz no es exactamente correcto en un país donde la tasa de homicidios –a pesar de los esfuerzos del Gobierno para convencer que ocho muertes violentas al día como promedio es algo bueno– tiene rango de epidemia. Sin embargo, como dijo el empresario Ricardo Simán en una entrevista con LA PRENSA GRÁFICA, “podríamos estar peor”.

Y, en efecto, así pudo haber sido si la guerra, con los combates, atentados, ataques y violencia hubieran seguido a escala nacional. Y, aunque no estemos en el momento ideal con el que se soñó en Chapultepec, estamos mejor.

La Corte Suprema de Justicia, no obstante, ha reconocido que hay casos preocupantes de desapariciones por parte de militares y policías, mientras que la Procuraduría de Derechos Humanos investiga casos de ejecuciones extrajudiciales. En todo caso, se trata de acciones particulares y no de una política de Estado, como sucedió durante el conflicto.

La PNC, como una institución que surgió de los Acuerdos de Paz, ha logrado cimentarse, a pesar de los problemas de falta de fondos, mala distribución de recursos y manipulaciones políticas puntuales.

En general, la Policía es una institución respetada y querida por la población honesta. Hace unos días fui a la delegación policial en Antiguo Cuscatlán, por un trámite relacionado con el hurto de un teléfono. La policía que me atendió fue realmente profesional. En medio de todas sus obligaciones (atender las llamadas del público, coordinar por radio con sus compañeros) me atendió prontamente y de manera respetuosa. Incluso cuando me dijo que tenía que ir a una librería, un par de cuadras más lejos, a buscar fotocopias.

Ese trato profesional no es un caso aislado. Fui testigo de que ese es el tenor en esa delegación.

Cuando regresé con las fotocopias de las denuncias, algo me sorprendió agradablemente. Un ciudadano compró pasteles para todos los agentes. No se identificó, solo le dijo a las empleadas de una panadería que se los diera.

En ese momento, pensé, me di cuenta de que los sueños de los Acuerdos de Paz no son una utopía.

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