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Pase lo que pase con el TPS, el país debe alistarse para acoger y proteger a su gente

El punto de la creación de oportunidades para alentar efectivamente la permanencia dentro del país tiene que ser visto y tratado de una manera mucho más integral y creativa de lo que se ha visto hasta la fecha.
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A raíz de las amenazas muy concretas de ponerle fin a la dinámica del TPS que ha favorecido a tantos salvadoreños en Estados Unidos desde hace ya varios años, se ha activado tanto en El Salvador como en la nación del Norte todo un movimiento destinado a ganar voluntades para que dicho estatus se mantenga, si es posible convertido en normativa permanente, para evitar seguir en las renovaciones periódicas, que cada vez se vuelven más complicadas. Uno de los argumentos para justificar que el TPS no continúe se centra en decir que se trató desde el inicio de una protección temporal; y aunque formalmente es así, lo cierto es que de lo que en verdad se trata es de crear mecanismos de permanencia estable para aquéllos que llegaron a territorio estadounidense en forma irregular pero con sobrados motivos para escapar del país y con voluntad de ir a hacer allá vida propia y productiva.

Esta situación actual del TPS, que mantiene en angustioso vilo a tantas familias salvadoreñas tanto allá como aquí, nos pone con especial dramatismo, ante un doble desafío: hacer todo lo que esté a nuestro alcance para proteger constructivamente a los connacionales emigrados que necesitan asegurarse una estabilidad sostenida y al mismo tiempo emprender dentro de nuestro país las iniciativas que permitan abrir oportunidades internas de real atracción y estímulo para que los connacionales puedan optar por la permanencia sintiéndose sujetos de futuro.

Es oportuno reconocer una vez más el extraordinario aporte que significa el esfuerzo constante de los salvadoreños que se han ido del país en busca de mejores horizontes. Y ese aporte es al mismo tiempo personal y nacional, porque las remesas familiares vienen a darles sostén a las familias que se han quedado en nuestro suelo y, complementariamente, contribuyen de manera altamente significativa a proveerle sostenibilidad a la economía nacional. Este, pues, es un tema de múltiples facetas, que tendrían que ser consideradas, analizadas y administradas con criterio de bienestar ciudadano y de servicio a la estabilidad general.

El punto de la creación de oportunidades para alentar efectivamente la permanencia dentro del país tiene que ser visto y tratado de una manera mucho más integral y creativa de lo que se ha visto hasta la fecha. Para crear y desplegar el tipo de oportunidades apropiadas a los fines propuestos hay que renovar a fondo tanto la productividad como la competitividad, y esto reclama un plan integrador que no sea parcial ni sectorial, sino aglutinante a fondo de todas las energías nacionales.

La gran mayoría de los salvadoreños que se exilian voluntariamente lo hacen para replantearse sus vidas en un ambiente más propicio para el progreso. Es verdad que la violencia imperante en nuestro suelo también influye en esa dinámica de salida; pero hay que tener en cuenta que la condición de país de emigración la tiene El Salvador, por sus propias realidades que se suceden en el tiempo, desde épocas inmemoriales. La diferencia es que antes los emigrantes iban cambiar de identidad en sus lugares de destino y hoy los emigrantes van a emerger con nuevas posibilidades sin desprenderse de su identidad propia, y más bien afirmándose en ésta. Es así como la comunidad de migrantes salvadoreños nos está dando reiteradas lecciones de lo que es amar lo propio y decidirse a servirlo con voluntad y con sacrificio.

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