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Paz en el entorno

Ayer por cosas del destino terminé viendo un partido de escuelas de fútbol de Mejicanos, en la cancha número 2 de la Zacamil. La cancha, que llamarla así es un halago o una mentira, es un rectángulo lleno de arena, forrado por una alfombra verde maltrecha, que hace las veces de grama.
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Miro a niños, niñas y jóvenes y corren con la fuerza de una selección de fútbol que no permite ser amañada. Corren y se apasionan, se pelean, meten manos y piernas. Tapan lo que debería ser un golón y patean como si su vida dependiera de esa patada. Juegan con chalecos que dicen escuelas de fútbol de Mejicanos, sobre una alfombra que no solo está rota, sino que se hace puño en diversos puntos de la cancha y frena jugadas y mete zancadillas. Juegan en una diversidad de atuendos. Los más “afortunados” juegan en tenis, pero otros juegan en zapatillas y muchos de ellos con los zapatos que llevaban a la escuela. Allí, en esa cancha polvorienta hay pocos papás y muchas historias. Y conversamos sobre cómo vendría bien que alguien les donara la canchita, ¿cuánto podría costar? Que alguien les regalara los uniformes o sobre todo unos tenis decentes que los haga sentir parte de un equipo, más de lo que ya se sienten. Allí tenemos a esa treintena de niños, niñas y jóvenes levantándose tempranito para su partido de las 9 de la mañana, tratando de hacer algo que los hará mejores personas, evitando las malas compañías y manteniendo la mente y el cuerpo ocupados. Y qué hacemos por ellos. Esa es justamente la generación que nos toca salvar si queremos salir de esta historia de violencia que nos consume a diario. Hacíamos cuentas mientras veíamos el partido y el portero le pedía a su defensa que pusiera “cara de vivo”.

Para el equipo de quien éramos barra no necesitaríamos más de $100 para darles tenis y ponerlos a todos de “toque en la cancha”. Claro, pensamos en cuánto necesitaríamos para todos, y quizá una sola persona no podría cubrirlo.

Mi reflexión final ahora, aprovechando esta época en que todos solemos amarnos más, solidarizarnos más, ser mejores personas. Sé que no podemos resolver uno por uno los problemas de este país. Pero se me ocurren dos. Hacer cosas en conjunto, como sociedad, cambios significativos. Eso pasa porque nos involucremos y dejemos el egoísmo. Y dos, ayudar a nuestro entorno, el compañero, el vigilante de la colonia, quien nos ayuda en casa. Para el pequeño entorno podemos ser generadores de cambios y propiciar uno a uno estas oleadas que nos hagan mejor sociedad.

En estos lugares no todos son, ni quieren ser, pandilleros. Muchos tienen aspiraciones y estoy segura que todos tienen sueños. Nuestra tarea es no dejar que eso muera en el transcurso de su vida. Que les avienten menos puertas, que los estigmaticen menos, que los acosen (las pandillas y también la autoridad) menos.

Hagamos el ejercicio este diciembre y llevémoslo a lo largo del año, estoy segura que podremos impactar en positivo.

Estas comunidades necesitan intervención pronta, en salud, en deporte, en educación, apuestas que no solo les den igualdad de oportunidades, sino escalones diferenciados para los más y menos aventajados.

Espero que este país pronto encuentre un camino para convertirse en un país que menos personas quieran abandonarlo. Espero que en sus hogares haya paz y estabilidad y aprovecho para agradecerles por un año más de lectura. Felices fiestas.

Tags:

  • oportunidad
  • juventud
  • futuro
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