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¡Pena ajena!

Como si no fuera suficiente con los graves problemas que tenemos internamente, el gobierno de la república abre innecesariamente un frente externo, acompañado como siempre, de regímenes populistas plegados al chavismo.
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 ¿Qué necesidad tenía de seguir la pauta del déspota venezolano, para cuestionar la designación de un presidente provisional de Brasil? No vale la pena referirse a los antecedentes que llevaron a la separación temporal de la señora Rousseff –porque son de sobra conocidos–, pero sí es pertinente enfatizar el hecho de que esa decisión fue producto de un largo proceso que se mantuvo apegado a lo que dispone la Constitución de ese país; consiguientemente, no puede considerarse como un golpe de Estado, como ha sido considerado por el gobierno salvadoreño y sus compañeros de viaje. Así que invocar la ruptura del orden democrático para anticipar semejante decisión solo puede considerarse como un disfraz ante el desprestigio en que ha caído la revolución bolivariana.

En declaraciones a los medios –en ocasión de su informe sobre los avances (¿?) en el campo social– el profesor Sánchez Cerén, según destacaron algunos, trató de suavizar lo que había dicho con toda contundencia en otro escenario, por cierto poco propicio, para lanzar al viento una decisión de claras repercusiones para la política exterior del país. Sin embargo, esas declaraciones no han disipado las reacciones adversas que desató su postura inicial, por más esfuerzo que haya hecho el canciller para aclarar la situación y remarcar la diferencia entre llamar a “consultas” a nuestra representante en Brasilia, o de que sea requerida su presencia para rendir un informe.

Es más, las declaraciones del vicepresidente y del secretario de Comunicaciones han dejado la impresión de que la posición inicial del profesor Sánchez Cerén se mantiene; con el agravante de que contienen expresiones prepotentes y sesgadas cuando se refieren a los procesos democráticos en la región. ¿De qué otro modo pueden interpretarse los términos “chantaje” y otros calificativos poco diplomáticos en alusión a la versión de Itamarati (cancillería) de que El Salvador es el más beneficiado de Centroamérica de la cooperación brasileña?

Frente a ello, no puede pasar inadvertido el señalamiento brasileño de que el gobierno de El Salvador, al fijar posición sobre las nuevas autoridades de su país, “revela un amplio y profundo desconocimiento sobre la Constitución y la legislación brasileñas. Esto bien podría haberlo abordado la embajadora en un viaje “casual” a San Salvador, antes de cometer semejante error diplomático que nos ha dejado como un país que hace causa común con dictadorzuelos, para utilizar un calificativo muy apropiado del secretario general de la OEA al referirse al dictador venezolano.

En las redes sociales también se puede constatar el repudio que ha causado en buena parte de la población esta subordinación a los lineamientos del ilegítimo presidente Maduro, en momentos en que se acentúa la crisis generalizada que vive Venezuela, por el atropello a las instituciones, el irrespeto a los derechos humanos y la calamitosa situación económica a que está sometida la población, mientras sus dirigentes se entrometen en asuntos políticos ajenos, como en España y El Salvador y son señalados internacionalmente como narcotraficantes y socios del crimen organizado.

El “ciber” espacio también está repleto de mensajes críticos, porque al desconocer a un gobierno interino que ha sido designado conforme a derecho, el nuestro indirectamente se ha puesto de lado de los regímenes corruptos y totalitarios, aunque todavía la señora Rousseff no ha sido señalada por ese ilícito, sino por haber maquillado las cuentas fiscales, algo muy común en nuestro medio. Esto, sin desconocer que el propio presidente interino también corre el riesgo de correr la misma suerte, por el destape de Petrobras. Esta es la más clara señal de que la institucionalidad sí funciona en Brasil. ¿Podemos decir lo mismo nosotros?

Más grave aún es la noción que se está extendiendo rápidamente, en el sentido que la decisión de distanciarse de Brasil –aunque al final parece que no va pasar de ser una imprudencia diplomática– no partió del Ejecutivo, sino de la plana mayor del FMLN. Qué pena.

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