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Pena de muerte ¿la solución?

La pena de muerte o pena capital es la sentencia de la sociedad hacia las personas que han transgredido la ley, de una manera tal, que sus actos no tienen cabida dentro de una sociedad establecida.
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Esta solución se encuentra aún vigente en países de primer nivel como el caso de Estados Unidos, Bielorrusia, Guatemala y otros, los cuales forman parte de los 90 países que aún tienen en su legislación la pena de muerte, distribuyéndose así: 7 países mantienen la pena de muerte como un castigo para crímenes excepcionales, es nuestro caso; 35 países mantienen la pena de muerte en sus normas pero no la aplican en la práctica; y 58 países aún aplican la pena de muerte para crímenes comunes.

Las argumentaciones sobre el mantenimiento de la pena de muerte son muchas, pero aun cuando se ha implementado en diversas latitudes del planeta, su aplicación se vuelve una responsabilidad demasiado alta, para que un juzgador se tome la tarea de ejecutar a otra persona con la sola invocación de la ley misma, es más, hay países como Guatemala, que se están preguntando si es necesario mantener la pena máxima dentro de su legislación.

Las instituciones como tales tienen mejor suerte aplicando la tortura y la muerte a sus condenados, si no, recordemos a la Santa Inquisición, con su último aplicador santificado el “gran Torquemada”; esos derroteros venidos a más fueron los legítimos herederos de los Césares y de Vlad III el empalador, pero ¿será que en nuestro país debemos ver a la muerte como aliada?

Si analizamos la situación actual, El Salvador es un centro de sacrificio humano tan grande que hemos jugado dentro de un carrusel macabro desde hace más de 10 años; la muerte ha sido para la delincuencia, la muestra del poder con el que ellos han demostrado el sometimiento de la sociedad pacífica, a tal grado que nuestras autoridades aún no saben descifrar los planes de los pandilleros, es más, están en este momento manipulando los derechos de los ciudadanos comunes, como nosotros, con tal de poder someternos en aras del bien común; también han mancillado una hermosa profesión, como lo es la abogacía, debido a algunos poco éticos colegas. En toda carrera existen los malos hijos como es el caso de las policías, las fiscalías y otras instituciones o trabajos alrededor del mundo, sin que por esa razón, los civilizados señalemos al total del gremio. Debo acotar que la hermosura de la profesión del intercesor es que a veces intercede en favor de la ley para condenar o defender a la persona víctima de la sociedad, sin que por ello se le califique de torcido o delincuente; solo los que estamos en la palestra diaria, ganándonos el sustento honradamente, sabemos qué es ejercer esta loable profesión.

Ahora bien, los gendarmes se están defendiendo ante el ataque de los facinerosos, siendo que el juzgamiento de sus actos solo los condena Dios y la justicia, por lo que la valoración de cuándo estos garantes deben ser letales o cuándo ser protectores es exclusividad de ellos, pero ¿están capacitados para otorgar el perdón entre la vida y la muerte?

Se requiere de mucha madurez cuando después de ver ejecuciones propias o ajenas, hechas por la delincuencia, no se tome la justicia en las manos. ¿Existe esa madurez?

Soy un salvadoreño común, la muerte no es decisión humana, señalarnos ante la ineptitud es responsabilidad de un incapaz. Seamos salvadoreños capaces.

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