Percepción ciudadana no favorece a políticos

El político como humano tiene sus defectos y virtudes.
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Lo fundamental en él, como en una persona cualquiera, es que la balanza de su mundo interior se encuentre siempre a favor de sus electores. En una democracia, la política no solo es una necesidad, es un imperativo. Por tanto, los políticos son indispensables, pues ellos cumplen el papel de ser los conductores del destino de la nación, con la aplicación oportuna de leyes, con la rectificación de medidas económicas, con la atención esmerada en el campo social, y con la promoción y fortalecimiento de las instituciones democráticas.

Desafortunadamente en nuestro país nos enteramos de que la población no está muy conforme con el trabajo que algunos políticos están desarrollando en beneficio del país. Con frecuencia se dice que uno de los principales problemas lo constituyen las resistencias políticas a dejar la vía de confrontación para resolver los problemas que abaten a la población. Recientemente un político guatemalteco que visitó el país dijo que los partidos políticos salvadoreños son los más sólidos de la región, pero que no están representando a los ciudadanos en la forma en que debería ser. Agregó que los partidos tienen que ser mucho más abiertos, flexibles, menos dogmáticos hacia nuevas formas de pensamiento. Que tienen que renovarse para seguir teniendo credibilidad en el país.

Con frecuencia, políticos, analistas y gente común repiten que es urgente que los líderes partidarios logren acuerdos básicos mediante el diálogo, haciendo eco del mandato que la población les dio en las elecciones presidenciales y legislativas. Agregan los comentarios que la polarización ya no tiene sentido y que las fuerzas políticas deben interpretar el espíritu de los Acuerdos de Paz que hace 24 años terminaron con el conflicto salvadoreño.

Al tiempo que se hacen las críticas se aconseja a los políticos aprender a convivir de manera civilizada dentro del pluralismo político. Se observa que para lograr desescalar la confrontación es necesario reconocerse como adversarios y no como enemigos; perder el miedo a la armonía que requiere la democracia y además poner el empeño y la disciplina para que nada quede a la deriva. Agregar que el primer objetivo o misión suprema del buen político, con independencia de la ideología propia de su partido, es lograr una sociedad más justa, dentro y fuera del país, de la comunidad, de la localidad, que gobierna.

Saber que siempre tendrá que responder ante alguien y de algo. Todos sus actos y sus consecuencias deben ser responsables porque conllevan una gran influencia en la sociedad. No basta con ser un buen profesional de la política, hay que amar la profesión y creer firmemente en lo que se hace. Ser cercano a la realidad del mundo y ser capaz de marcarse objetivos y metas factibles, posibles de alcanzar. Recordar que un buen político escucha muy atentamente a los del otro lado, no solo para aprender sus razones, sino especialmente para saber cómo facilitar el consenso.

Que no cree conflictos, por ejemplo, que un diputado vote a conciencia sobre un proyecto en el que sus demás compañeros votan diferente, o que un líder de un partido político critique en público a su partido por considerar que una medida puede dañar a los intereses de la población. Irónicamente Kin Hubbard, escritor estadounidense dijo: “Cuando menos aporta un político, más ama a su bandera”.

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