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Perdonar, aunque no me lo pidan

¿Por qué debería perdonar y recibir el perdón de quién injustamente me haya agredido, engañado y defraudado? Una razón es porque nos permite renunciar a la venganza y el revanchismo, liberándonos el corazón para trabajar por la propia felicidad y la de la familia, la comunidad y la patria.
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También hay que considerar que perdonar es una ciencia y un arte inteligentes, es decir, que se trata de “tomar una decisión consciente para dejar de odiar, porque el odio no ayuda nunca. Como un cáncer, este se extiende a través del alma hasta destruirla por completo”, ha escrito J. Christoph Arnold, autor de El arte perdido de perdonar.

Me permito competir algunas reflexiones con la mirada puesta en cuál debería ser la mejor actitud frente a la resolución de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia que deroga la Ley de Amnistía General para la Consolidación de la Paz de 1993. Puedo adelantar que un corazón magnánimo, lleno de clemencia y amor podrá aconsejarnos para aprovechar el reto que se nos viene por delante, puesto que todos perdimos un ser querido o sufrimos su secuestro durante la guerra: abuelos, bisabuelos, padrinos, padres, hermanos, primos. En mi familia, un tío abuelo fue secuestrado, el Dr. Alfredo Ortiz Mancía, excanciller de la República.

Para que haya paz verdadera, se ha escrito mucho sobre la necesidad de aprender a brindar y recibir perdón.

Comparto algunas ideas con el deseo que pueda llevar consuelo a quienes tienen en su historia asesinatos de guerra o algún familiar por el que se sienten heridos o viven sufriendo por las injurias, infidelidades o ingratitudes ocasionadas por algún ser querido (que no colocan la vida en peligro, por supuesto): “No existe la familia perfecta. No tenemos padres perfectos, no somos perfectos, no nos casamos con una persona perfecta ni tenemos hijos perfectos. Tenemos quejas de unos a otros. Nos decepcionamos los unos a los otros. Por lo tanto, no existe un matrimonio saludable ni familia saludable sin el ejercicio del perdón. El perdón es vital para nuestra salud emocional y sobrevivencia espiritual. Sin perdón la familia se convierte en un escenario de conflictos y un bastión de agravios. Sin el perdón la familia se enferma. El perdón es la esterilización del alma, la limpieza de la mente y la liberación del corazón. Quien no perdona no tiene paz del alma ni comunión con Dios. El dolor es un veneno que intoxica y mata... El perdón trae alegría donde un dolor produjo tristeza; y curación, donde el dolor ha causado enfermedad” (papa Francisco).

Dar y aceptar el perdón no es dejar pasar el tiempo, sino aplicar la inteligencia para limpiar bien la herida, para distinguir entre la agresión y el agresor, entre la ofensa y la persona que la ha causado, para descubrir el camino del perdón. Mientras se identifique al agresor con la ofensa, no es posible que cicatrice la herida ni es posible el perdón. “El odio es un mecanismo en el que el agresor no es un blanco por lo que hace, sino por lo que es. Cuando se odia al otro por lo que es, no hay solución: hay que hacerlo desaparecer... Ese resentimiento destroza el alma... El perdón no es sentimentalismo edulcorado; es una condición indispensable para poder vivir una vida plenamente humana...”. Jaime Nubiola, un filósofo español.

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