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Perdonar: démonos una segunda oportunidad

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Kalena de Velado / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Me parecen incomprensibles las demandas por parte de organizaciones religiosas, civiles y grupos familiares que están tratando de llevar a juicio a quienes mataron a sus seres queridos en medio del conflicto armado, aparentemente olvidando que todos sufrimos pérdidas dolorosas durante los 12 años de guerra. ¿Es posible perdonar y reconciliarnos para darnos una segunda oportunidad como sociedad? ¿Por dónde podemos empezar a sanar la resaca de crueldad e injusticias que heredamos?

Para saber perdonar me han servido mucho los consejos de la Dra. Jutta Burggraf, catedrática alemana, cuya sabiduría comparto en sus propias palabras: “El perdón comienza cuando, gracias a una fuerza nueva, una persona rechaza todo tipo de venganza. No habla de los demás desde sus experiencias dolorosas, evita juzgarlos y desvalorizarlos, y está dispuesta a escucharlos con un corazón abierto. El secreto consiste en no identificar al agresor con su obra”. La Dra. Burggraf también señala tres actitudes que nos preparan para perdonar: amor, comprensión, generosidad y humildad.

“Amor. Perdonar es amar intensamente, pero cuando alguien nos ha ofendido gravemente, el amor apenas es posible. Es necesario, en un primer paso, separarnos de algún modo del agresor, aunque sea solo interiormente. Mientras el cuchillo está en la herida, la herida nunca se cerrará. Hace falta retirar el cuchillo, adquirir distancia del otro; solo entonces podemos ver su rostro humano para perdonarle.

Comprensión. Perdonar es tener la firme convicción de que, en cada persona, detrás de todo el mal, hay un ser humano con altísima dignidad igual a mí, capaz de transformase y cambiar. Si una persona no perdona, puede ser que tome a los demás demasiado en serio, que exija demasiado de ellos. Pero tomar a un hombre perfectamente en serio, significa destruirle, advierte el filósofo Robert Spaemann. Todos somos débiles y fallamos con frecuencia.

Generosidad. Perdonar exige un corazón misericordioso y generoso. Significa ir más allá de la justicia. Hay situaciones tan complejas en las que la mera justicia es imposible. Si se ha robado, se devuelve; si se ha roto, se arregla o sustituye. ¿Pero si alguien pierde un órgano, un familiar o un buen amigo? Es imposible restituirlo con la justicia. Precisamente ahí, donde el castigo no cubre nunca la pérdida, es donde tiene espacio el perdón. El perdón no anula el derecho, pero lo excede infinitamente. Es por naturaleza incondicional, ya que es un don gratuito del amor, un don siempre inmerecido. Esto significa que el que perdona no exige nada a su agresor, ni siquiera que le duela lo que ha hecho. Antes, mucho antes que el agresor busca la reconciliación, el que ama ya le ha perdonado.

Humildad. Hace falta prudencia y delicadeza para ver cómo mostrar al otro el perdón… Enfurecerse por la culpa de otro puede conducir con gran facilidad a la represión de la culpa de uno mismo. Debemos perdonar con humildad, como pecadores que somos, no como justos. Necesitamos el perdón, porque todos hacemos daño a los demás, aunque algunas veces quizá no nos demos cuenta. Necesitamos el perdón para deshacer los nudos del pasado y comenzar de nuevo. Es importante que cada uno reconozca la propia flaqueza, los propios fallos, que, a lo mejor, han llevado al otro a un comportamiento desviado, y no dude en pedir, a su vez, perdón al otro”.

Celebrar la Navidad es vivir la buena noticia que un niño inocente vino a morir por nosotros, perdonándonos, amándonos y dándonos segundas oportunidades. ¿Podemos imitarlo?

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