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Cristian Villalta - Columnista de  LA PRENSA GRÁFICA

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Se equivocan quienes afirman que este Gobierno desprecia a los periodistas. Todos nuestros gobiernos la han tenido contra el periodismo.

Algunos presidentes eligieron el camino más amable para lidiar con los profesionales de este oficio: comprarlos. Y no hablo de las fastuosas celebraciones del Día del Periodista atiborradas de regalos, apachones de ojo y borracheras célebres, ni del concurso de canastas, guaro caro y vituallas europeas que desfilaron todos los diciembres de la presidencia de Flores, Saca o Funes en algunas redacciones, sino de llanamente tener periodistas en la planilla de Casa Presidencial.

Saca fue el hada madrina de un montón de nuevos burgueses. Tocados por la varita mágica de su corruptela, profesionales de diversos órdenes se encontraron de repente en el centro del consumo, la ostentación y el bien vivir en ese quinquenio. Era el único modo en el que creía posible conservar su capital político, construyendo una nueva clase social alrededor suyo, la de los vividores, y organizando un culto a su personalidad que le fue cualquier cosa menos barato. Le supuso comprarse aplausos; se conformaba con que fueran más ruidosos que las rechiflas. Y ahí entraban los periodistas.

Muchos huérfanos de aquellos tiempos de vino y rosas, tecnócratas por aquí, políticos por acá y hasta uno que otro empresarillo que se hizo de su pequeña fortuna merced a los contratos con el Gobierno en esos años, deambulan sin fortuna con El Dorado perdido. Pero no todos; alguno medró y medró hasta entrar a las nuevas cortes. "Que haya fortuna", brindan hoy, en memoria de su mecenas caído. Es plática para otro domingo.

Funes no despreció el recetario de Saca. Siendo un outsider, hombre sin partido, necesitaba cavar una trinchera y prepararse para esa noche larga que ahora lo tiene en Ortegalandia. Y en su círculo más cercano no faltó gente de medios, colegas suyos, no nuestros, que le aconsejaron innovar: fundar su propia plataforma, sus empresas de comunicación. Así no sólo tendría cómo lavar el dinero, sino influjo en la opinión pública y contrapesar la profusa narrativa en su contra. Ese plan era mejor que tomar él un micrófono y despotricar personalmente contra sus adversarios, pero lo único que desprecia más que la inteligencia es la humildad, así que procedió en ambas direcciones.

Sánchez Cerén no tuvo necesidad de sacar del chanchito para alimentar a los ídem. Es que ya entonces el Fmln, con el viscoso dinero del Alba, había montado su red de medios. "Son escuderos de nuestra superestructura ideológica" diría el fallecido Schafick; "no, eran para hacer plata y atacar al que se mueva", respondería Sigfrido. Yo qué sé.

El Fmln pues había pensado en todo, excepto en sufrir un Titanic y un Hindenburg electoral pegaditos.

Y llegados a este punto, tenemos a este gobierno impúber, que ha elegido con el periodismo una relación sadomasoquista de muy mal pronóstico siendo los cuentaletras gente tan pudorosa. Es que hemos visto a tanto informador caído en desgracia, amancebado perdidamente por la proximidad del poder, excitado por que lo inviten a reuniones se-cre-tas y le saluden por su nombre, que los políticos ya no nos entusiasman.

Además, algunos periodistas son tan mojigatos que no les gusta que les mientan, no al menos de modo pueril y primitivo. Y finalmente, hay que reconocerlo, entre los colegas hay gente muy soberbia que no admite como argumentos en una discusión ninguna frase que no lleve un verbo bien conjugado y prescinda de las malas palabras.

Así pues, se han juntado el hambre con las ganas de comer: por un lado un gabinete con más gente ordinaria que competente, dialécticamente infantil, varios de ellos paralizados por miedo al irascible carácter del mandatario y a lo invasivo de su círculo fraternal; y por el otro, algunos de los mejores periodistas de la historia del país.

Son gente buena, gente que no se aterroriza, gente mojigata, pudorosa y soberbia. Son mis colegas. Y te van a jorobar.

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