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Pese a todos los forcejeos, la institucionalidad va teniendo que respetar su propio orden

Qué ilustrativo y saludable es hacer recuento periódico de lo que ha venido aconteciendo en nuestro proceso nacional a lo largo del tiempo.
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Pese a todos los forcejeos, la institucionalidad va teniendo que respetar su propio orden

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En lo que más directamente nos toca, arrancar de 1979 permite valoraciones con mayor incidencia en la actualidad. Y lo que va quedando en evidencia es, en primer lugar, el hecho de que lo que ocurre, sobre todo cuando se trata de acontecimientos de relieve, significa mucho más que lo que se advierte en el respectivo momento. Ejemplifiquemos: en 1979 hubo un Golpe de Estado, que parecía muy semejante a los anteriores, pero que en realidad cerró una época y abrió otra. Fue el fin del autoritarismo formal y la antesala de la democratización venidera. Luego vino la guerra: parecía el tránsito ideologizado hacia el predominio de una línea de poder, según quién resultara vencedor militar, y al final fue la antesala de la participación política en pleno, como nunca antes había sido posible.

Estamos embarcados en ese dinamismo democratizador, entre el escepticismo y las resistencias gruñonas; y sin embargo, el saldo desapasionado nos hace ver que hay un avance constante y constatable, que de seguro no fue previsible en los primeros años de la democratización. Lo que pasa es que cada avance que se produce deja en claro que hay muchas otras cosas por hacer, y a los actores nacionales, en especial a los actores políticos, se le hace cuesta arriba reconocer que tienen que evolucionar al ritmo de las circunstancias en marcha y hacerse cargo de la responsabilidad de responderle a la democracia tal como ésta lo requiere. De ese tipo de resistencias a hacer lo que corresponde derivan casi todas las distorsiones y contradicciones que proliferan en el día a día.

En nuestro ambiente siguen pasando cosas no previstas en su verdadera significación, afortunadamente muchas de ellas en la línea de la racionalidad histórica. Como si hubiera una voluntad tras bambalinas, que no es la de nadie en particular sino del proceso como sujeto de su propia experiencia. En 2009 se produjeron dos sucesos políticoinstitucionales que, con sus peculiaridades correspondientes, trajeron novedades muy significativas: la instalación del primer Gobierno de izquierda que de inmediato se proclamó Gobierno sin partido; y la elección de 4 magistrados de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia que desde el inicio, y sin que sus electores tuvieran ni el menor pálpito de ello, se posesionaron de su gestión con una independencia sin precedentes. Ninguno de estos efectos era previsible, pero ambos se dieron como expresiones de la creatividad del proceso.

Hoy nos encontramos en una nueva fase del mismo, y si las fuerzas políticas fueran lectoras sagaces de la realidad estarían atentas a los desafíos y a las oportunidades que se les presentan. Hay que aprender de la experiencia. Tanto la Asamblea Legislativa como el Tribunal Supremo Electoral han querido escabullirse jurídicamente de las resoluciones de la Sala de lo Constitucional, y al fin siempre han tenido que besar la correa, como antes se decía en lenguaje coloquial. Y es que en lo que a dichas resoluciones se refiere es legítimo opinar que algunas de ellas son pertinentes y oportunas y otras no; pero lo que no se puede es dejar de acatarlas, porque eso sería tergiversar la lógica del funcionamiento legal tal como en este momento se halla en vigencia.

En sano acatamiento de los mensajes comprobados de la realidad, hay que estar debidamente prevenidos para no tropezar dos veces con la misma piedra. Aquí lo que vemos es una camándula de tropezones. Es hora más que sobrada de enderezar el rumbo, en particular en lo referente al manejo de las actitudes. Las rebeldías pasionales son estorbos que sólo dejan insatisfacciones acumuladas. Aceptemos todos, sin reservas inútiles, que la democracia es un método racional de vida, y que por eso mismo demanda permanente y generalizado ejercicio de la razón. No hay vuelta de hoja.

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