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Plan Educación Nacional

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Florent Zemmouche - Colaborador de LA PRENSA GRÁFICA

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En su ensayo epistolar ¿Qué debemos saber? (1913), Alberto Masferrer contesta esa pregunta del obrero don José Mejía proponiendo una suerte de gran plan de estudios para la instrucción en las escuelas y la educación en los hogares salvadoreños. La última carta concluye afirmando que gracias a los libros y la cultura, "en el transcurso de tres o cuatro generaciones, todos nuestros problemas quedarán resueltos o simplificados; no habrá más tiranía, ni más ignorancia, ni más miseria". Y así, "la vida ya no será ni una desgracia ni una vergüenza".

Efectivamente, lo que necesitamos en el país es un verdadero plan de educación nacional. Un plan que cambie el enfoque de los problemas que entierran al país, en sus honduras, para entender las causas y para trabajar hacia una verdadera solución. Y para lograrlo, no se trata de armar, sino de educar para tener menos armas y más libros: menos soldados, más profesores. Solo así avanzaremos. ¿Si tomará mucho tiempo? Claro está. ¿Si por lo tanto será impopular? También. Pero habrá que aceptarlo, porque no queda de otra.

Valiente será el que aceptará dejar a un lado el imaginario militar y valioso el que logrará reemplazarlo por el educativo, sinónimo de confianza y estabilidad. Ya sería un paso esperanzador ver, por ejemplo, en fotos presidenciales más docentes y menos soldados; ver más alumnos y libros; ver discursos y acciones en universidades; ver renovaciones, creaciones e inversiones en las escuelas. En una palabra, usar todo aquel dinero de la propaganda militar para lo que se podría llamar un "Plan Masferrer", en homenaje a su imprescindible pensamiento.

En otro ensayo, Leer y escribir (1915), subtitulado "La cultura por medio del libro", Masferrer identifica la ignorancia como primer obstáculo para el progreso y la libertad. Una introducción decisiva y, lamentablemente, muy actual subraya todo lo que está en juego: "El pueblo, crédulo e irreflexivo, es presa fácil de conductores egoístas o ineptos. Va de un ídolo a otro, como quien no ha sospechado nunca lo que es un verdadero dios: de un seductor a otro, como quien nunca oyera palabras de verdad, salidas del corazón de un hombre verdadero".

Por ello es importante que la educación sea una política de Estado, iniciada por un plan de gobierno. Pues, luego de haberse entonces preguntado si no le conviene más a nuestros gobernantes un país enfermo –si no agonizante–, habrá también que entender y aceptar por fin el vínculo estrecho y profundo que existe entre la falta de educación y la violencia, entre la paz y la educación. Pensar, al contrario, que es haciendo lo mismo que se repite y que fracasa desde hace treinta años, militarizando el país para erradicar la violencia, es aceptar seguir chocando contra el mismo muro. Los personajes y el color del muro quizás cambien, pero el camino y el término (que no es uno verdaderamente) siguen y seguirán siempre siendo los mismos.

Hay que cambiar de estrategia en las zonas problemáticas del país. El Estado tiene que cambiar de apariencia, vestirse de vida y no de muerte, de luces y no de tinieblas. Su presencia debe encarnarse a través de docentes; es gracias a las escuelas que se podrá lograr un verdadero y concreto control territorial. Masferrer ya lo había entendido hace más de cien años. Lo que necesitamos es un plan de educación nacional.

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