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Plantearse en serio la necesidad impostergable de transformar la educación en el país es un compromiso que se debe asumir de inmediato

Dentro de esa lógica evolutiva puede ubicarse la propuesta que el Consejo Nacional de Educación (CONED) acaba de presentarle al Gobierno de la República para focalizar específicamente lo que habrá que hacer de aquí en adelante en función de los objetivos básicos propuestos.
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Una de las áreas fundamentales del quehacer nacional es la que corresponde al esfuerzo educativo en todos los niveles, desde la educación parvularia hasta la educación superior. En El Salvador venimos padeciendo, desde hace al menos medio siglo, un desfase creciente entre lo que se necesita como accionar educativo y lo que se realiza en el plano de los hechos. Nuestro país, durante ese medio siglo, ha vivido experiencias de gran relieve en todo sentido, y basta citar dos de ellas para dar cuenta de la magnitud del fenómeno: la guerra interna, que se instaló durante más de una década en el terreno, y la democratización que emprendió su trayectoria casi al mismo tiempo que el conflicto bélico. Por fortuna para nuestra dinámica evolutiva, la conclusión de la guerra potenció los dinamismos democratizadores, que aunque han tenido un desenvolvimiento accidentado continúan haciendo ruta hacia adelante.

Es precisamente ese movimiento modernizador el que determina con más imperatividad que haya una renovación educativa que corresponda a los grandes desafíos y oportunidades del presente y del futuro. No es casual, entonces, que a estas alturas, se esté evidenciando, cada vez con más apremio, la necesidad de emprender y consolidar el esfuerzo que ponga a la educación en el lugar preeminente de las grandes tareas nacionales. Dentro de esa lógica evolutiva puede ubicarse la propuesta que el Consejo Nacional de Educación (CONED) acaba de presentarle al Gobierno de la República para focalizar específicamente lo que habrá que hacer de aquí en adelante en función de los objetivos básicos propuestos. Se trata de realizar toda una serie de acciones interconectadas a lo largo de una década, para replantear la educación como factor esencial del desarrollo en todos los órdenes. Y eso podría resumirse en una frase: educación puesta al día en clave de futuro.

Cuestiones como la atención de la primera infancia, la recuperación de la estructura escolar, la universalización de los doce grados de escolaridad, el aseguramiento de una escuela sin violencia, la calidad de los docentes y el desarrollo de la educación superior forman el esquema del plan presentado, que además se acompaña con un estimado económico de 12,573 millones de dólares. Eso requeriría subir la asignación presupuestaria al 7% del PIB, lo cual es un poco más de lo previsto como meta en los cálculos más optimistas, que era del 6%. ¿Qué implica todo esto, desde el planteamiento hasta el costo? Implica que para que un proyecto de esta índole y magnitud pueda tener vigencia real es indispensable que se asuma como objetivo nacional al que se le dediquen todas las voluntades y energías disponibles.

Ojalá que lo que viene de inmediato no sea el manido desgaste sobre las fuentes de ingreso para asegurar la puesta en práctica. Hay dos labores iniciales ineludibles: hacer un análisis detenido y desapasionado para transformar la propuesta en un plan de consenso, y entrar al punto del financiamiento con la misma lógica. Habría que buscar fondeos directamente vinculados al tema, para asegurar que los fondos que se obtengan no vayan a esa bolsa común en la que se mete mano sin mayores controles de destino.

En todo caso, lo que ya nadie puede evadir es el tema educativo como una misión de la más alta trascendencia. Siempre fue una cuestión central, aunque por tanto tiempo se dejara prácticamente al margen.

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