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Poder compartido

La vida siempre ha sido difícil para la mayoría de salvadoreños. La palabra crisis es muy conocida por la población cuzcatleca: terremotos, sequías, inundaciones, huelgas, dictaduras, violencia política, emigración y violencia delincuencial.
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La diferencia es que hoy en día no hay un liderazgo positivo (influencia que se ejerce sobre otros con un propósito digno). Actualmente, El Salvador es un país sin esperanza y sin el entusiasmo requerido para derrotar la polarización, mediocridad y decaimiento.

¿Está mejorando la calidad de vida de la gente? Para saberlo, a continuación se describe lo que incontables connacionales viven diariamente: miedo al subirse al bus, inseguridad al caminar en la calle, delincuentes cobrando coactivamente una cuota monetaria al entrar a sus comunidades, limitación económica para llevar alimentos a la mesa, dificultad para conseguir un trabajo decente, padres de familia aconsejando a sus hijos a emigrar y disminución del presupuesto familiar por los impuestos que le tienen que pagar al fisco.

En este contexto, surge la pregunta ¿cómo salir adelante? Estos tres planteamientos se escuchan en el ambiente: (1) la solución es una dictadura militar; (2) la gran empresa y el imperialismo yanqui presionan al gobierno a suscribir un ajuste fiscal con el FMI y detener las conquistas sociales; y (3) la opción es construir un Plan de País. Ante tan compleja realidad y partiendo de buenas prácticas a nivel mundial, una vía democrática es que el sector productivo y la sociedad civil contribuyan a la inclusión y cohesión social. Se fortalecería así el papel articulador del gobierno y la cooperación pública-privada para superar problemas sociales que ningún sector puede resolver solo.

¿Cómo lograr compromisos y aportes dentro de un sistema democrático? Sustituyendo la polarización ideológica por el liderazgo colectivo. De hacerlo, el país se movería hacia el logro de objetivos comunes. De esta forma todos los sectores tendrían un poco de responsabilidad (asumiendo cada uno el rol que le corresponde) y nadie pretendería tener todo el poder para resolver los problemas. Así, El Salvador sería un país de poder compartido. A continuación se presentan tres claves para avanzar en esa dirección.

Clave 1: Generación de un liderazgo colectivo. Lo primero es descartar la idea de un caudillo o dictador para poner orden. Lo esencial es aplicar la ley, construir una visión común e impulsar la acción conjunta de los sectores público, social y productivo.

Clave 2: Dedicación y tiempo. Lo determinante es que dirigentes sociales, empresariales, religiosos, académicos y políticos trabajen animosamente en los próximos años para implementar acuerdos básicos (independientemente del calendario electoral).

Clave 3: Motivación para salvar al país. Hay técnicos salvadoreños con capacidad para afrontar la problemática nacional. Además, hay excelentes profesionales que viven en el exterior y quieren ayudar al país. Lo que se necesita es apertura, conducción y carácter para que El Salvador sea un país de poder compartido.

Conclusión: la polarización ideológica es un mal negocio para los salvadoreños. El reto es transitar de una relación bipartita confrontativa (Estado versus mercado) a una relación tripartita conciliadora (Estado, sociedad y mercado). Una vía para hacerlo es potenciando la colaboración intersectorial para ampliarle las oportunidades educativas y laborales a los jóvenes. En otras palabras, la ruta democrática es construir un poder compartido entre los sectores público, social y productivo.

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