“¿Polarización o debate de ideas?”

El principal problema que la democracia afronta actualmente en nuestro país es la renuencia de nuestros gobernantes a debatir de manera abierta, sincera y respetuosa sus planes y políticas públicas. La situación se agrava ante la timidez de algunos sectores que prefieren alinearse a los planes del gobierno que discutir con este sobre la conveniencia o no de los mismos.
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Por su parte, el Gobierno está utilizando la estrategia de amedrentar a quienes proponen soluciones alternativas a sus planes, acusándolos de promover la polarización política.

La polarización es la nueva excusa usada por los gobiernos intolerantes para anular el debate de ideas. Cuando no quieren que se discutan abiertamente sus políticas públicas, abren la caja china de la polarización para convencer a la sociedad que, en función de una armonía ilusoria, las voces disonantes deberían callar. Pero el problema real es la falta de una discusión abierta, transparente, desapasionada y responsable.

En las democracias fuertes y desarrolladas, los dirigentes políticos no le temen a la polémica, al contrario, la ejercitan y la promueven, llevándola a veces hasta a niveles extremos.

Muestra de lo anterior son los debates recientes protagonizados por precandidatos demócratas y republicanos a la presidencia de los Estados Unidos, quienes en la carrera por la candidatura presidencial han protagonizado verdaderos encontronazos de opiniones en debates abiertos y televisados.

Pero ha sido gracias a esa “polarización” que los votantes estadounidenses han tenido la oportunidad de conocer mejor las propuestas de los aspirantes a la presidencia de ese país. Esto es así, precisamente porque ese ejercicio de discusión a través del tiempo, ha fortalecido su democracia y ha hecho madurar a su clase política y a su población.

Lastimosamente en El Salvador la situación es diferente. Aquí, los gobernantes y los políticos prefieren hacer creer que los problemas del país son el resultado de pensar diferente (o más bien dicho, de no pensar como ellos) y se niegan a discutir seriamente los diferentes puntos de vista que la sociedad tiene sobre la problemática nacional.

En un país libre y democrático, ningún ciudadano debería privarse de dar a conocer públicamente su opinión sobre asuntos nacionales, siempre que lo haga de manera pacífica y sin ofender a nadie ni violentar las leyes. El gobierno, por su parte, debe saber escuchar y dialogar, sin amenazar, descalificar, ni insultar. Y es muy probable que de la discusión respetuosa y responsable surjan soluciones nuevas, a las que ni una ni otra parte hubieran podido arribar por sí solas.

A los gobernantes intolerantes les irrita discutir sus políticas públicas. Esto, a su vez, genera que los sectores sociales a veces prefieran encogerse de hombros o asociarse convenientemente al régimen para no ser tildados de promotores de la polarización. De esa manera, todos se alinean con la visión del gobierno; el país queda aparentemente libre de la polarización, pero esclavo del sistema.

Debemos ser conscientes que los problemas del país no se van a solucionar porque los diversos sectores de la sociedad civil dejen de proponer cursos alternativos de acción política. Tampoco se van a resolver si nadie critica una medida o acción del gobierno que desde su punto de vista considere incorrecta.

Es cierto que el país requiere de convergencia de ideas sobre temas de nación. Pero si queremos arribar a acuerdos que beneficien a todos los salvadoreños debemos, gobernantes y gobernados, comenzar por estar abiertos al debate. Solo así saldremos de las soluciones mediocres que producen las decisiones impuestas.

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