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Política y religión

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Federico Hernández Aguilar - Escritor y colaborador de LA PRENSA GRÁFICA

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Si es que se desea conservar las amistades, suele aconsejarse no hablar de política o de religión. En El Salvador, sin embargo, de lo que más se conversa es precisamente de esos dos temas. Hay análisis antropológicos que explican este fenómeno, pero es evidente que los políticos son nuestra "farándula" y que en materia religiosa los salvadoreños somos muy comunicativos.

El liberalismo ha establecido pocas pero sólidas convicciones sobre la delicada relación entre política y religión, entre las que destacan: la absoluta conveniencia de tener ambas cosas bien separadas; la libertad de credo como ejercicio de la libertad de conciencia (derecho fundamental e inalienable); la naturaleza estrictamente laica del Estado (sin caer en la agresividad laicista, que es otra forma de totalitarismo), y el derecho de los ciudadanos a tener información veraz sobre las creencias (religiosas o no) de aquellos que detentan o aspiran al poder político.

Los liberales solemos desconfiar de los discursos confesionales en la arena política porque rechazamos que las convicciones religiosas uniformen las decisiones desde el Estado. Ello significa que, aunque podamos apreciar la ética individual derivada de una fe coherentemente vivida, entendemos que la función pública obliga a hacer reflexiones más amplias que la mera asunción de ciertas verdades en el orden espiritual.

A tenor de lo expresado arriba, la sana laicidad estatal es producto de la conciencia democrática arraigada en el respeto a todas las expresiones, tanto propias como ajenas. La tolerancia, para el caso, siendo un valor cristiano por excelencia, tendría que ser fácilmente encarnada por cualquier político cristiano habituado a manejar con señorío las naturales discrepancias que afloran en una sociedad plural. No es el apego fanático a un texto bíblico lo que hará de ese líder un demócrata, sino el equilibrio de su carácter, su consideración hacia las opiniones contrarias y su capacidad para argumentar con paciencia, incluso frente al insulto o la incomprensión.

En la actual contienda electoral, con más desacierto que fortuna, Dios ha salido a bailar por todos lados. Paradójicamente, del apego real de los candidatos a sus creencias, de la coherencia entre lo que dicen creer y lo que hacen (o lo que harían), casi ninguna certeza tenemos. Incluso hay aspectos en esta materia que uno de los aspirantes ha preferido ir dejando en una incomprensible nebulosa, lo que ha despertado lógicas sospechas y escaso examen. Porque aquí lo relevante no sería cuál viene a ser, en definitiva, la doctrina que profesa este candidato, sino por qué deliberadamente oculta que la profesa.

Es obvio que en una sociedad mayoritariamente cristiana, como es la nuestra, las ideas religiosas de los políticos tienen un peso específico para mucha gente. A despecho de lo que afirman algunas tesis simplistas, a los salvadoreños sí les interesa conocer los valores que defiende un candidato, incluyendo temas tan espinosos como el aborto o la integridad matrimonial; por ende, tampoco les da lo mismo ser gobernados por un católico, un ateo, un musulmán o un budista.

Pero aún más allá de las motivaciones morales y confesionales del votante salvadoreño, en lo que sí podemos coincidir todos es que no existen razones para que alguien que aspira a administrar el país nos mienta sobre sus creencias. En este caso, la reflexión nos orientaría a juzgar el embuste, no la fe del aspirante. ¿O será digno de confianza un candidato que es capaz de negar sus convicciones más íntimas con tal de llegar al poder? ¿No sería eso un presagio de los límites que esa persona sería capaz de trasgredir, de su falta de escrúpulos o de la ausencia de principios que regiría sus acciones?

Tags:

  • liberalismo
  • laicidad estatal
  • tolerancia
  • valores
  • creencias

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