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Políticamente hablando, ya no hay posibilidades de desentenderse del fenómeno real, y eso todos debemos aceptarlo

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David Escobar Galindo - Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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La convivencia de posguerra nos ha hecho ir entendiendo a los salvadoreños que la única vía para pasar a un estado de interacción real de todas las fuerzas y actores nacionales consiste en ir activando progresivamente los mecanismos de un sano ejercicio de realidades. Esto, por supuesto, como ya ha quedado demostrado en los hechos, no se puede lograr ni en corto tiempo ni en forma mecánica, sino que hay que poner en acción mecanismos renovadores en cuya base esté un factor insoslayable: el reconocimiento de que el país no es una suma de componentes desconectados entre sí, sino una suma de elementos interactuantes, que se determinan uno a otros, por diferentes que parezcan desde fuera.

En tal sentido, lo primero que hay que reconocer como elemento determinante es el imperativo de concebir y percibir el país como un todo, que si bien despliega en el tiempo dinámicas que pueden parecer independientes entre sí se hallan íntimamente vinculadas y enlazadas en sus componentes y en sus criterios esenciales. Esto, en verdad, hay que enfocarlo en todos sus componentes integradores, de tal manera que no quede ningún cabo suelto y se puedan ir articulando tanto los enfoques como los tratamientos que la realidad demande sin alternativas. A estas alturas del fenómeno nacional, ya no puede haber duda razonable sobre la necesidad de dejar de lado, de una vez por todas, cualquier superficialidad perceptiva, para entrar en fase de responsabilidad que lo abarque todo.

Si algo se ha venido haciendo insoslayable en el curso del tiempo es el imperativo de que todos los componentes nacionales, sean personales, sociales o institucionales, nos vayamos uniendo como lo que somos: una sola fuerza con destino común insoslayable. Esto parecía diluido en la vieja normalidad, y se necesitó que ésta entrara en fase de deterioro fundamental para que se hiciera inevitable asumir un rumbo verdaderamente correcto. Es lo que nos trajo la pandemia, ya que nos negábamos a verlo de manera espontánea; y se trata de una lección de altísimo costo, que no es posible evadir porque ha venido para quedarse. Una lección que encierra otra lección: Cuando las señales históricas no se acatan por su propia fuerza inductiva, el proceso evolutivo salta la barda.

A estas alturas, si bien no podemos pasar de largo frente a los signos de la realidad, que se han vuelto elocuentes por sí mismos, no basta con acatar el mensaje de la evolución en marcha: hay que incorporarse de veras al proceso, como factores y actores de primera línea. Y es en el día a día donde más elocuentemente van siendo sensibles las dinámicas del cambio. Y es por eso mismo que día tras día van resultando más inútiles las resistencias que no deja de poner al paso la vieja normalidad. En todo el mundo estábamos cómodamente instalados en un hacer tradicional que se había venido volviendo mecanismo sin futuro –pura comodidad inútil–, y eso es lo que hoy está en patética evidencia, moviéndonos a todos hacia un compromiso renovador sin alternativas.

Estamos, pues, en tiempos de imperiosa renovación, en los que no hay tiempo ni espacio para la inmovilidad cómplice. Lo primero, pues, es disponerse a asumir las respectivas responsabilidades, en la forma que lo requieran los tiempos y las circunstancias. Este debe ser un ejercicio universalmente activado; y cada sociedad, con todos sus componentes humanos incluidos, tiene que hacerlo valer, porque se trata de un dinamismo de carácter global.

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  • fenómeno real
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