Populismo y economía

Si la cobertura que hizo CNN de la multitudinaria manifestación, el jueves anterior, no hubiera sido precedida por imágenes de lugares emblemáticos de esa bella ciudad, hubiéramos pensado que se trataba de una nueva demostración de descontento de la oposición venezolana –y que en efecto se dio ese mismo día en Caracas– ante el salvajismo creciente de Maduro.
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En realidad se trataba de una huelga general convocada por la Central de Trabajadores –que prácticamente paralizó Buenos Aires– para protestar por las políticas de ajuste que está implementando el presidente Macri. La forma distinta en que ambos gobernantes enfrentaron los respectivos eventos hace la diferencia entre la actuación de un demócrata que actúa con sensatez para enfrentar los hechos con medidas proporcionales y un dictador, que siempre acude a la agresión y la cárcel para reprimir manifestaciones pacíficas.

Conociendo un poco la historia reciente de la Argentina, en este mismo espacio celebramos con entusiasmo y optimismo el triunfo del ahora gobernante de ese país, porque anticipaba democracia, transparencia en la gestión pública y, en general, el rescate de lo mucho que se perdió durante los tres gobiernos anteriores. Sin embargo, al mismo tiempo pusimos en perspectiva las dificultades que enfrentaría, para cambiar el rumbo de la economía, abatir la inflación, estabilizar el tipo de cambio, superar el default que le impidió al país el acceso a los mercados internacionales de capital por más de quince años y lidiar con el populismo exacerbado que distinguió principalmente a su antecesora. Este último, montado en un costoso, corrupto, prebendario e ineficiente esquema de subsidios, se tradujo a la postre en pobreza, conflictividad social y en un manejo oscuro de la administración pública.

Después de gobernar por un poco más de un año, algunos analistas que entienden de economía proyectan pragmatismo y parecen no comulgar con un fundamentalismo extremo, reconocen que poner en orden la casa está siendo más difícil de lo que pensaban. Y si bien reconocen que ha habido avances en esa dirección, el lastre dejado por el kirchnerismo, después de 12 años en el poder, ha resultado demasiado pesado para deshacerse de él en tan poco tiempo. Empezar a sentir los beneficios de una verdadera democracia, pasar de la incertidumbre permanente a la seguridad garantizada, de la opacidad a la transparencia; amansar la polarización y en general rescatar la calidad de vida, no se logra, bajo las condiciones heredadas, de la noche a la mañana.

Las reivindicaciones de los sectores más afectados por las políticas públicas están a la orden del día, alimentadas sin duda por una oposición zamarra, cínica e irresponsable, que constantemente intenta torpedearlas aprovechándose de las necesidades de los más pobres. Incluso, la obstrucción de la justicia ha salido a flote, pero la impunidad está desapareciendo poco a poco, de lo que es testigo la misma expresidenta y sus hijos, al habérseles incoado juicios por supuestos grandes negociados, incluyendo el escandaloso caso de la manipulación del mercado cambiario.

Pero si la reconstrucción de su país le está causando a Macri costos de todo tipo, cómo será el escenario cuando saquen del poder al chavismo y asuma un gobierno democrático, transparente, pero con un Estado en bancarrota. Porque a pesar del desmadre heredado, el gobernante argentino no está enfrentando una crisis humanitaria, una caída del PIB del 23 % en 2016, una inflación estimada para este año por el FMI de más de 1,660 %, el derrumbe de los precios internacionales del 50 % en solo dos años, y una devaluación brutal, donde un billete de 100 bolívares equivale en el mercado negro a solo $0.02. Y si Macri, que tuvo que aumentar sensiblemente las tarifas, despedir personal y reducir drásticamente los subsidios, tampoco la gente pobre se alimenta de desperdicios o los niños mueren por falta de medicinas como en Venezuela. Hoy está recibiendo Argentina cuantiosas inversiones del extranjero, cuando en los gobiernos anteriores hubo una masiva salida de capitales nacionales. Qué no daríamos para que El Salvador capitalice estas experiencias.
 

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