Populismos, visiones restrictivas y desacuerdos

Frente al desconcierto de una gran mayoría de la población, ávida de ilusiones, prosperan populismos de izquierda y de derecha.
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Donald Trump ganó la campaña presidencial con el eslogan de campaña: “Make America Great Again” (hacer a América grande de nuevo).

En Estados Unidos, un 15 % de la población es pobre, tiene menos del 5 % de la población mundial pero casi la cuarta parte de los presos del mundo (2.3 millones), más de 30,000 personas mueren cada año por armas de fuego, enfrenta grandes tensiones raciales y es el primer país consumidor de drogas ilícitas.

Uno podría pensar que antes de “Make America Great Again”, la prioridad tendría que ser: “Make America Sane Again” (hacer a América sana de nuevo). Pero no es así.

Al sur del continente, millones de venezolanos están sufriendo y una inmensa mayoría repudia al régimen. Se ha llegado a un nivel tal de frustración y desesperación que los manifestantes lanzan cocteles molotov de excrementos y agua (“Puputov”). Un mensaje fuerte de asco.

Uno podría pensar que es insensato aferrarse al poder y que pronto se le va a aparecer de nuevo el pajarito (u otro animal) a Nicolás Maduro para aconsejarle que es hora de retirarse porque ya tocó fondo. Pero no es así.

En Centroamérica, la sociedad salvadoreña, desequilibrada, está enferma de desesperanza y de violencia. La mayoría de los ciudadanos no se sienten representados por los partidos políticos que se dividen entre sí y se dedican a desvirtuar el sentido ético de la política para convertirse en vehículos para hacer negocios e imponer sus visiones restrictivas.

Tenemos, por un lado, sectores que creen que la ayuda estatal, los subsidios y las medidas paliativas son responsables del despilfarro y de la pobreza del país. Están convencidos de que solo la iniciativa individual y privada es garante del bienestar de los ciudadanos.

Por otro lado, tenemos sectores que consideran (con justa razón) que la inversión social no ha sido suficiente. Sin embargo, de cara a los limitados recursos del Estado, se niegan a reducir la planilla de funcionarios públicos y/o a eliminar gastos superfluos y a pactar una reforma fiscal integral.

Con base en ese conflicto de visiones e intereses, surgen además desacuerdos en cuanto al financiamiento y desconfianza (justificada en muchos casos) sobre la eficiencia y transparencia de los proyectos y obras sociales.

El impase de la negociación conlleva al abandono de los programas sociales o a acuerdos desesperados con un financiamiento privado más oneroso (con la banca privada y no con bancos multilaterales) que cuesta al erario público decenas de millones de dólares al año. Una gran pena cuando rubros como educación, salud, vivienda y transporte público padecen de recursos, calidad y dignidad.

Los partidos políticos tienen que dejar de aniquilar al país anteponiendo los intereses partidistas al bienestar de la ciudadanía. Tienen que ser más abiertos, reconociendo (como en una verdadera democracia) las voces que opinan diferente en vez de descartarlas y descalificarlas. Esas nuevas voces, con visiones menos restrictivas, tienen mucha más aceptación.

Precisa una verdadera renovación política y programática. Capaz de negociar y pactar los acuerdos que el país necesita para evitar a futuro un populismo que puede ser más devastador. Dejando de lado las disputas políticas paralizantes para un trabajo en conjunto y a favor de El Salvador.
 

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