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Por favor, señor presidente

Siempre que se habla de la Corte de Cuentas no puedo evitar echar un vistazo al pasado y rememorar que fue en esa institución donde encontré el primer empleo para empezar a ganarme la vida de manera honesta y responsable.
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Es más, fue allí donde encontré el estímulo de mis jefes –de grata recordación– don Eliseo Anaya y don José Catarino Granados, para que ingresara a la universidad y obtuviera mi título de economista. Esto cambió mi vida y yo diría que, hasta cierto punto –lo digo sin falsa modestia– la de toda mi familia...

Dejé la institución en 1964, para ocupar un puesto en el BCR, aunque no había concluido mis estudios universitarios. Al poco tiempo, el otrora instituto emisor también me facilitó dar un salto de calidad y cruzar las fronteras. Pero siempre recordaba con nostalgia aquel lugar de trabajo donde me enseñaron a ser ético, riguroso en cuanto a velar por lo ajeno y a valorar el significado del manejo transparente de los fondos públicos.

Pero con el correr del tiempo me volví crítico del ente contralor. Numerosos artículos en este y otros espacios de opinión han sido dedicados a señalar el daño que le ha causado a nuestro país la intromisión abusiva de la política de cofradía en la entidad. Como muchos, nunca acepté el argumento de que el largo tiempo que el PCN mantuvo virtualmente secuestrada la institución estaba justificado porque ello había contribuido a la gobernabilidad. Yo más bien siempre he sostenido que el sometimiento de la Corte a los dictados del Ejecutivo explica el arraigo progresivo de la corrupción en la administración pública, con su secuela en los acontecimientos políticos que hoy mantienen en vilo a buena parte de la población.

Lo demás es historia. Lo que no puede obviarse es al menos una mención a la forma en que usted, señor Tóchez, llegó al alto cargo que hoy ocupa y, sobre todo, a lo que se espera de usted en este momento crucial de nuestra historia. Se lo dice alguien que en varias oportunidades fue considerado para ocupar la misma silla, cargo que en broma le dije a un reconocido entrevistador que sería el único que aceptaría, cuando hace muchos años me preguntó que por qué nunca había incursionado en política. Para el caso, un amigo del FMLN –porque mis amistades no tienen nada que ver con mis convicciones políticas– me comentó que yo eventualmente fui considerado para asumir ese cargo. La idea no prosperó –aunque yo desconocía esa inmerecida propuesta y además no la hubiera aceptado–, porque el presidente Saca no la avaló. El lector puede sacar sus propias conclusiones.

Lo dicho hasta ahora puede ser considerado como baladronadas de mi parte. No tengo problemas con ello, como tampoco con las autoproclamadas credenciales del señor Tóchez para merecer el puesto. En todo caso, ambos podríamos aspirar a formar parte del “Club de los Bombos Mutuos”. Lo que sí me cuesta procesar es su supuesta ecuanimidad y transparencia en los pocos meses en el cargo y cuando insiste en que está al servicio de “todos” los salvadoreños, aunque en esto también resiento que incluya a mi persona.

Finalmente, debo decir que nunca he pertenecido a ningún partido político. Es más, para el caso puedo asegurar que ARENA nunca ha sido el santo de mi devoción, aunque la ausencia de otro palo en qué ahorcarme, y en consonancia con mi pensamiento liberal –en el buen sentido del término– no he tenido otro camino que optar por el menos “peor”. Y es aquí donde veo el tremendo daño que usted le está causando al incipiente proceso democrático, cuando sin inmutarse aparece ante todo el mundo como activista político del partido gobernante, al ocuparse de supuestos casos de corrupción ya prescritos, violando incluso la Constitución –que usted juró respetar–, mientras obvia los señalamientos que se le hacen, por ejemplo, a la administración actual de la CEL y a las alcaldías miembros de ENEPASA. Por favor, señor Tóchez, no juegue con nuestra inteligencia.

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  • juan hector vidal
  • corte de cuentas
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