Por fin nos estamos dando cuenta de que la naturaleza tiene vida propia y de que nuestra propia vida forma parte de ella

El creernos “reyes de la Creación” por pura autocomplacencia ingenua nos ha llevado a actuar como dueños de la Naturaleza, con todos los despistes y derrapes imaginables.
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Por fin nos estamos dando cuenta de que la naturaleza tiene vida propia y de que nuestra propia vida forma parte de ella

Por fin nos estamos dando cuenta de que la naturaleza tiene vida propia y de que nuestra propia vida forma parte de ella

Por fin nos estamos dando cuenta de que la naturaleza tiene vida propia y de que nuestra propia vida forma parte de ella

Por fin nos estamos dando cuenta de que la naturaleza tiene vida propia y de que nuestra propia vida forma parte de ella

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A punta de desastres se ha venido generando en los tiempos actuales una preocupación cada vez mayor sobre los efectos devastadores del fenómeno natural de nuestros días. Es evidente que lo que se ha dado en llamar “cambio climático” con los énfasis propios del momento no es algo que se esté dando por primera vez, ya que las realidades físicas siempre son una cadena que se recicla a sí misma; pero hoy lo que tenemos de nuevo es la incidencia detonante del factor humano, que en la contemporaneidad ha emergido como una especie de deidad perturbadoramente prepotente. Lo paradójico es que todo esto va vinculado con una noción que se vende a sí misma como prototipo de civilización sin precedentes: la noción de desarrollo.

Cuando se hace una revisión, así sea somera, de las realidades que han venido ligadas a esa noción de desarrollo, la pregunta salta de inmediato: ¿Pero de qué desarrollo estamos hablando? Porque en él se mezclan los impresionantes avances de la ciencia con los devastadores impactos del abuso generalizado, los notables despliegues de la tecnología con la deshumanización progresiva del fenómeno real, la renovación constante y creciente de los estándares productivos con el imperio de un consumismo galopante y cada vez más destructivo. Lo que tenemos es una deshumanización en marcha, como si se tratara de un ferrocarril diabólico. Y esa deshumanización abarca no sólo al ser humano como tal sino también al hábitat inevitable e insustituible del ser humano: la Naturaleza, de la que formamos parte por destino natural.

Lo primero que tendríamos que tener en cuenta sin evasivas posibles es justamente eso: que no sólo estamos en la Naturaleza sino que somos parte de ella; y por eso todo lo que afecta a la Naturaleza inmediata e inevitablemente nos afecta. El creernos “reyes de la Creación” por pura autocomplacencia ingenua nos ha llevado a actuar como dueños de la Naturaleza, con todos los despistes y derrapes imaginables. Y la noción irresponsable de desarrollo es el mayor de esos despistes, que desde luego no son inocentes en ningún sentido. Pero la realidad está cada vez más dispuesta a hacernos pagar las facturas correspondientes. Es así como se ha tenido que llegar a reconocimientos necesarios como el que está implícito en el Acuerdo de París sobre la protección global del medio ambiente, que de entrada acaba de ser suscrito por 171 países en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York en el Día de la Tierra. Y ojalá que esto sea de veras un recomienzo responsable para salvar y salvaguardar el hogar natural, que es el único que tenemos.

En la ceremonia neoyorquina el actor Leonardo DiCaprio, protagonista nada menos que de la cinta “Titanic”, sobre uno de los más famosos naufragios de todos los tiempos, recordó ante el pleno que “el cambio climático está sucediendo más rápido de lo que los científicos más pesimistas nos dijeron hace una década”. Pero el punto es que aquí no se trata de optimismo o de pesimismo, sino de realismo elemental. Hemos venido atentando impunemente contra la Naturaleza en todas partes, y las consecuencias de tales atentados se vuelven cada vez más incontrolables. ¿Qué hacer? Siquiera lo mínimo razonable: detener el daño en la medida de lo posible y emprender una cruzada reparadora, en la que los principales comprometidos tienen que ser los que más depredan, que son los más poderosos.

En verdad, lo que más estamos necesitando es una nueva cultura ambiental de dimensiones globales, que le dé sustento a cualquier esfuerzo de reconciliación correctiva con la Naturaleza. De poco servirán los acuerdos y las leyes si los individuos y las sociedades nos seguimos comportando como depredadores irresponsables. La insostenibilidad ambiental crece en proporción geométrica, y las consecuencias devastadoras se hacen cada vez más presentes en el día a día. Los Polos se deshielan, las estaciones se han vuelto tierra de nadie, las sequías multiplican desiertos, la agricultura es una apuesta crecientemente aleatoria y así por el estilo…

Lo más esperanzador del momento presente es que las irresponsabilidades tradicionales ya no se sostienen en ningún sentido. La Naturaleza nos ha puesto en jaque, y eso es lo que faltaba para que ya no haya excusa posible para seguir en las mismas. Si no recapacitamos y nos ponemos las pilas en clave global de seguro llegaremos al jaque mate, lo cual significaría quedar a merced de todos los desastres imaginables. Estamos en el límite. Afortunadamente ya casi nadie lo duda.

La Naturaleza es generosa por destino, y si ahora se rebela es para preservar su esencia original. Reconozcamos el mensaje y asumámoslo como la oportunidad de un mundo realmente vivible.

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