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Por primera vez en la historia hay un Papa de origen hispanoamericano

En su primera alocución desde el Balcón de San Pedro, el nuevo Papa ha pedido oraciones para su auxilio en el desafío que le espera.
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La renuncia del Papa Benedicto XVI, oficializada el pasado 28 de febrero, fue una novedad extraordinaria, luego de muchos siglos en que no se daba un acontecimiento semejante. La noticia creó conmoción universal. Ha habido múltiples especulaciones sobre los motivos de tal decisión papal, pero lo cierto es que el Papa renunciante invocó su voluntad de dedicarse a lo suyo, que es la meditación y la oración, cuando ya las fuerzas no le asisten para ejercer la función pontificia con las energías que ésta demanda en las condiciones actuales de la Iglesia y del mundo. Todo esto, sin duda, constituye una nueva señal de los tiempos, en época que se caracteriza por el aceleramiento de la evolución humana en todos los órdenes.

El día 12 de marzo, es decir, anteayer, se instaló el cónclave elector del Papa que habría de suceder a Benedicto XVI. En un principio, tal elección parecía envuelta en una bruma de incertidumbres, aunque había nombres que resaltaban de antemano en las cábalas que nunca faltan. Es verdad reafirmada por la experiencia que los que entran al cónclave como Papas salen de él como cardenales; pero el ánimo de predicción nunca se agota. En esta oportunidad, todo parecía indicar, además, que la elección, dadas las condiciones de la Iglesia y de su entorno mundial, sería compleja, y que habría que esperar muchas votaciones antes del humo blanco.

Sin embargo, el Espíritu tiene sus propias líneas, y lo que se ha dado muestra que cualquier predicción humana no pasa de ser eso. En el segundo día del cónclave, justamente a las 7:09 p.m., hora de Roma, la chimenea reveladora ha soltado bocanadas albas. Y la frase consagrada ha empezado a sonar por doquier: “Habemus Papam”. Una hora después, se hace evidente la decisión de los cardenales, que en sí es otra sorpresa: el elegido es el arzobispo de Buenos Aires, el Cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio. Una doble novedad: es el primer hispanoamericano y el primer jesuita que es elegido Papa. No hay duda de que vivimos tiempos de grandes novedades.

En su primera alocución desde el Balcón de San Pedro, el nuevo Papa ha pedido oraciones para su auxilio en el desafío que le espera. Ha hecho profesión de sencillez y de sobriedad, y eso queda plasmado en el nombre escogido para que se le conozca como Pontífice: Francisco I, con todas las imágenes que tal nombre trae consigo en la historia de la Iglesia. Dos, en especial: San Francisco de Asís y San Francisco Javier.

De aquí en adelante viene la tarea con todas sus implicaciones. El mundo y la Iglesia atraviesan momentos difíciles. Son tiempos de cambio y a la vez tiempos de prueba. Los modos tradicionales están en crisis, y de lo que hoy se trata es de innovar preservando lo fundamental y dejando de lado lo superfluo. La espiritualidad del presente exige activar la doble conexión vivificante y restauradora: conexión con la realidad y conexión con la trascendencia. El vínculo entre lo humano y lo divino se halla ahora mismo en trance de reanimación, y tanto la voz como el trabajo del Sumo Pontífice son factores esenciales para hacer el tránsito en forma constructiva y ejemplarizante.

Ahora mismo se abre un nuevo capítulo en la tarea depuradora e inspiradora de la Iglesia Católica, a la luz de las realidades imperantes en el mundo actual. La apertura que significa, de entrada, la elección del nuevo Papa es un indicio de que las fuerzas reconstructoras están haciéndose sentir con más vigor que nunca. Esperamos ver los efectos en el corto plazo.

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