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Por primera vez estamos viendo que la institucionalidad se anima a ir soltando amarras

Lo que hay que esperar es que los esfuerzos institucionales dirigidos a cumplir las respectivas tareas como se debe no vayan a ser flor de un día.
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Por primera vez estamos viendo que la institucionalidad se anima a ir soltando amarras

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Nuestro proceso de desarrollo democrático tiene ya más de tres décadas de recorrido, y a lo largo de ese tiempo se han producido en el país múltiples experiencias, que incluyen una prolongada guerra interna y una sorprendente paz negociada. Es claro entonces que el país tiene a su disposición un cúmulo de lecciones vividas en carne propia, prácticamente en todos los órdenes del quehacer nacional tanto público como privado. Y ahí, como es natural, hay múltiples variantes, que abarcan lo positivo y lo negativo; aunque, si hemos de ser ecuánimes, lo positivo lleva ventaja sobre lo negativo, pese a que persista la sensación de que estamos anegados hasta el cuello de negatividades incontrolables.

Los salvadoreños, en medio de todas nuestras limitaciones y frustraciones, hemos desplegado a lo largo del tiempo una especie de heroísmo indoblegable, que nos ha permitido superar adversidades de la más variada índole. Ese heroísmo encarna principalmente en el comportamiento histórico de la ciudadanía, que ha mantenido una coherencia incuestionable frente a los avatares que ha tenido que afrontar. Esa ciudadanía entrenada en las pruebas sucesivas fue la que sobrellevó la guerra sin dejar que ésta se saliera con la suya y la que en su momento potenció una solución política que es un ejemplo global, pese a que los mismos salvadoreños seamos tan reacios a reconocernos como artífices de nuestra propia ejemplaridad.

Dentro de la dinámica evolutiva que se da en el país, el área de la institucionalidad, que por tanto tiempo ha estado a merced de las arbitrariedades y los desvaríos del poder, va presentando signos de renovación que alientan a creer en el proceso como gestor de nuevas realidades. Dichos signos son aún demasiado incipientes para tener credibilidad plena, pero el hecho de que estén produciéndose cada vez con más visibilidad es un buen augurio al cual hay que ir siguiéndole la pista en forma atenta y persistente. El brote de la transparencia es uno de esos signos, así como también lo es el progresivo destape de la corrupción. En ambos casos se está todavía en fase que podríamos llamar anecdótica, lo cual era previsible si se tiene en cuenta de dónde venimos.

Pero como siempre ocurre, los cambios estructurales comienzan siendo innovaciones personales. En el campo de la justicia, la iniciativa del cambio la lleva la actual Sala de lo Constitucional, de la mano de los cuatro Magistrados elegidos en 2009 y cuyo período concluirá en 2018. Y en lo referente al trabajo de la Fiscalía General de la República, el impulso desatado por el nuevo titular de dicha institución está generando una dinámica diferente a todo lo que se ha visto antes en ese campo. En lo legislativo y en lo ejecutivo las señales renovadoras aún no aparecen, pero el que lo hagan de seguro es sólo cuestión de tiempo, y por ellos las elecciones de 2018 y de 2019 se están percibiendo desde ya como potencialmente más novedosas que las anteriores.

En estos días, la gestión del nuevo Fiscal General provoca una gran cantidad de reacciones en el ambiente. Algunas de esas reacciones son reconocimientos esperanzadores y otras son resistencias autodefensivas. Lo que hay que esperar es que los esfuerzos institucionales dirigidos a cumplir las respectivas tareas como se debe no vayan a ser flor de un día. Ojalá que el ruido actual, que es entendible porque toda novedad de este tipo tiende a volverse escándalo, no se quede en revuelo sin consecuencias. De lo que se trata en verdad es de que la institucionalidad se desempeñe como tal, en todas sus dimensiones y con todas sus responsabilidades. Eso es democracia en acción.

A estas alturas, ya es patente al máximo que el desempeño de la institucionalidad es factor inexcusable de la sanidad del sistema en su conjunto. El autoritarismo tuvo su propio esquema institucional, que ha querido sobrevivir en esta nueva era democrática. Y lo que hay que evitar es que dichos empeños de supervivencia pasen de ser obstáculos a ser retrancas. Estar en guardia al respecto es por eso tan crucial.

En vez de que la institucionalidad se someta a los dictados del poder, éste debe sujetarse a lo que la ley le ordena desde las instituciones. Ese es el ordenamiento definitivo que estamos necesitando prácticamente desde siempre; y en tanto no se logre a plenitud, ni la sociedad ni el sistema podrán estar seguros. Tengámoslo presente para ya no seguir divagando peligrosamente

Tags:

  • institucionalidad
  • democracia
  • desarrollo
  • fiscalia

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