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Postales en el Día del Niño

Con una mano ofrece pan francés y con la otra “empiñadas”. Aún tiene puesto su uniforme escolar. Aquí no hay tiempo para la vergüenza o el desánimo, o peor aún, para el qué dirá de los compañeros si la miran.
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Solo es una niña, no tiene más de 12 años de edad, junto a su madre y a su hermana venden en la esquina de la 75.ª avenida sur, cuando el sol muere de sueño y la noche lo invita a dormir.

Los carros solo se detienen obligados por el semáforo, no porque ella les sonríe. Un informe del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), del gobierno o cualquier organización consignarán que la pequeña vendedora es parte de los casi 90 mil niños salvadoreños que estudian y trabajan. A ella eso no le ayuda mucho.

Un auto se detuvo frente al chico que dormía resguardándose del incandescente sol que está en su punto culminante sobre la ciudad de San Salvador. Casi 39 grados centígrados. Del vehículo bajó un joven con una bolsa en su mano y se la entrega al niño que apenas alcanza abrir los ojos, sostener el obsequio y retirarse. Está dopado, pero tiene hambre. Acto final: se pierde como un fantasma. Los universitarios que circulan por esas calles cercanas a su alma mater en pleno centro solo se dan cuenta de su existencia en las estadísticas: “en El Salvador el consumo de alcohol y sustancias ilegales inicia desde los 7 años de edad para los niños de la calle, para los hijos del asfalto, y a los once en promedio general”.

Parece que descansa con la paz que caracteriza el sueño de un niño, su madre lo sostiene en brazos mientras suplica al empleado de un centro de salud que la deje entrar. Su hijo está enfermo “Tuvo calentura toda la noche”, le dice. El hombre, que no es médico, le replica que se vaya a emergencia para evaluarlo, de lo contrario que regrese otro día porque hay un “paro de labores”.

“El policía es un payaso”, le dice otro agente a la periodista que ha llegado a cubrir una nota sobre los niños que están refugiados en un local provisto por la Alcaldía de la localidad de Caluco, un modesto municipio al sur de El Salvador. El policía se ha ofrecido de voluntario para hacer reír a los niños que junto a sus familias salieron huyendo porque las pandillas o maras los amenazaron con matarlos. La reportera enfatiza que desde la guerra, que terminó en 1992, no se habían registrado personas en calidad de refugiadas o desplazadas por la violencia.

Bien ordenaditos los niños han hecho fila en la escuela para recibir un vaso con leche. Se los da el gobierno como parte de un programa social que alcanza a más de un millón de infantes. “Algunos vienen más seguido a la escuela, se ha evitado la deserción escolar”, dice una maestra.

“De chocolate con maní”, dijo el niño que quería el helado. Recién salía del colegio e iba contento porque había obtenido buenas notas. Y estaba aún más alegre, porque habían hecho cuentas con sus compañeritos y era un hecho, “las vacaciones estaban cercas y ya pensaban dónde irán en Navidad”.

La niña de la esquina, el chico adicto, los niños refugiados, el bebé enfermo, los que reciben ayuda, los que lo tienen todo y aquellos cuyas historias no conocemos, tienen algo que los hace iguales: son niños, distintos sí, pero niños al fin, que les cuesta imaginar si los adultos alguna vez tuvieron infancia.

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