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Presupuesto: historia de perversidades

Aparte de la fijación arbitraria y amañada del salario mínimo, El Salvador comenzó el año sin el presupuesto aprobado.
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La razón: nuevamente el forcejeo entre los dos partidos mayoritarios por la concepción que cada uno tiene del equilibrio que debe mantener este instrumento, en concordancia con lo que señala el artículo 226 Cn. La verdad “técnica y legal” está de parte de ARENA, pues lo que pretende el partido gobernante es dejar fuera compromisos perfectamente identificables que solo pueden ser cubiertos a través de otras fuentes de financiamiento cuya aprobación requiere mayoría calificada. Con los votos de los otros partidos, el presupuesto de 2016 se aprobó por mayoría simple –como es nuevamente la pretensión del gobierno–, pero las consecuencias de haber excluido esas obligaciones le costaron al país una mayor degradación en la calificación de riesgo e incurrir en impagos a proveedores y FODES, entre otros.

Sin embargo, esta clase de jugarretas no son nuevas. En la segunda administración de ARENA se aprobó un presupuesto igualmente truculento cuando el ministro de Hacienda de turno lo presentó “equilibrado” (con la incorporación de financiamiento a través de bonos) convenciendo a la oposición de que ello no requería mayoría calificada porque esos títulos no caían en la categoría de “crédito público”. La oposición puso un recurso ante la CSJ, pero esta se tardó 3 años en resolver, o sea cuando ya no se podía hacer absolutamente nada.

Lo del atraso y el intento reiterado de enmascarar un presupuesto “mentiroso” lo vivimos también en 2005, aunque al final se encontró una solución ortodoxa. A propósito, escribimos una columna que titulamos “Todos estamos perdiendo” (LPG 24-I-05), cuyo primer párrafo reza así: “Con la decisión de dos diputados del FMLN de salirse del atrincheramiento que ha mantenido su partido con respecto al financiamiento del Presupuesto General, ya puede el gobierno echar manos a la caja fiscal e iniciar el primer año de gestión completo, con recursos que han sido identificados por él mismo, para ser utilizados, ojalá, de manera óptima y transparente”. En otro párrafo se lee: “La carrera febril del gobierno para buscar formas alternativas de financiamiento en el corto plazo –acudiendo a la emisión de letras de tesorería o a un financiamiento ‘puente’ de organismos multilaterales– solo puso en evidencia que los márgenes de maniobra para la sostenibilidad fiscal han virtualmente desaparecido, por el enorme peso de la deuda pública, en un contexto de lento crecimiento”.

Esto último tiene relación con algo que hemos venido planteando por muchos años: la irresponsabilidad de presentar presupuestos desequilibrados, para después prostituir todo el proceso. La experiencia indica que cuando las arcas están vacías, invariablemente se acude a lo mismo: endeudamiento desaforado y urgente y/o a impuestos confiscatorios. Mientras tanto la expansión del gasto se mantiene indetenible, con el desperdicio de recursos, el engordamiento de la burocracia estatal, obras sobrevaloradas y deficientes y la corrupción descarada. En un proceso acumulativo, esto ha llevado al país a una virtual fatiga fiscal, a un endeudamiento irresponsable y, consecuentemente, a que el acceso al crédito internacional se torne más difícil y oneroso. De hecho, los bonos soberanos han entrado a la categoría de “basura”, pavimentando el camino para un default.

Esta situación se nutre de ingredientes técnicos y políticos. Consecuentemente, su solución demanda sensatez y visión de futuro. El problema estriba en que el gobierno nuevamente acude al engaño, el autoritarismo y a la manipulación peligrosa de las fuerzas sociales que le son afines; en tanto ARENA se atrinchera en viejos moldes que buena parte de la población rechaza. En ambos casos, obviamente, priman los cálculos políticos. Para complicar las cosas, según trascendió el pasado fin de semana, GANA parece estarse inclinando por seguir con las prácticas de llevar agua a su molino, lo que significaría continuar complicando más el problema fiscal. Mientras tanto, como lo dijimos hace doce años: “Todos estamos perdiendo”.

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