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Florent Zemmouche - Colaborador de  LA PRENSA GRÁFICA

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Quizás por primera vez en este mandato legislativo, los diputados actuales son representativos del pueblo salvadoreño: todos encerrados en la relación perversa y perniciosa impuesta por Bukele.

El maniqueísmo rige el sistema de representación del mundo que impone el presidente. Todo blanco o todo negro. Por un lado, los buenos, por el otro, los malos. "Nuevas Ideas" y los "mismos de siempre". Bukele y los diputados. Ese es el panorama. Eso es el menú que se les presenta a todos los salvadoreños, y no es muy apetitoso. Al contrario, es totalmente repulsivo. Así se puede entender, en el mejor de los casos, el desinterés general por la política; en el peor, la desconfianza permanente. El paisaje político salvadoreño necesitaba un gran cambio, y lo sigue necesitando. La promesa bukeliana que surgió de una situación caducada solo ha empeorado la condición de la política. Para los salvadoreños, ha sido el efecto de una ola mortal sobre personas luchando para no ahogarse.

Cuando algo no le gusta a Bukele o que no obtiene lo que quiere, se enoja, critica, insulta. Siempre son los otros el problema, nunca él. Como sucede a menudo en este tipo de caso, termina obteniendo lo que quiere. Desgraciadamente, ya nos estamos acostumbrando a ese sistema de relaciones que impone Bukele. Y claro está, no duda en aprovechar de su superioridad en la relación. Lo vemos por ejemplo con los diputados, chivos expiatorios designados sistemáticamente por el presidente. No se trata aquí de defender a los diputados actuales más allá de lo debido. Al contrario, pensar en el hecho que supuestamente ellos encarnan la oposición puede dejar perplejo. La última ratificación del préstamo de 250 millones de dólares lo muestra.

La Asamblea Legislativa, supuesto contrapoder, ha sido de nuevo manipulada; la mayoría de los diputados ha vuelto a caer en las estrategias retóricas del gobierno. Mientras los diputados no aceptan lo que quiere el presidente, este los ataca mediante una propaganda agresiva y los diputados se convierten en la principal plaga del país: culpables, según Bukele, de todo. Asediados, los miembros de la Asamblea se encuentran entonces prisioneros y terminan concediendo todo, casi sin resistencia ni razón. La docilidad repentina de los diputados de ARENA es por ejemplo elocuente. Mientras el partido de derecha quiere presentarse como el partido de oposición al gobierno, y mientras sigue anunciándolo, sigue sometiéndose a la voluntad del presidente. Compleja situación de individuos que buscan la popularidad con fines electorales. ¿Qué escoger: la oposición o el apoyo a Bukele? En el primer caso se escoge el largo plazo del buen sentido y de la historia. Del otro, el corto plazo estratégico. ARENA está experimentando la paradoja del asno de Buridán: no poder elegir entre dos opciones exclusivas, y extinguirse en la inmovilidad.

Darle más dinero a este gobierno sin obligarlo a que rinda cuentas de su gestión es igual de peligroso que prestarle botellas de whisky a un amigo alcohólico. Sin duda algunos diputados lo saben, pero también saben que están atrapados en la telaraña bukeliana. Y la conclusión de este nuevo episodio vuelve a confirmar el propósito inicial del presidente: la mayoría de diputados no son dignos de confianza.

También busca enclaustrarnos a todos nosotros. Que Bukele tenga muchas veces razón sobre nuestros diputados no confirma su maniqueísmo; no significa en nada que es diferente de ellos. Y no lo es.

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