Privilegiados de la Misericordia Divina

El papa Francisco en su mensaje para la Cuaresma de 2016 ha expresado su deseo de que “el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales”.
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“Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina”.

En el pobre, en efecto, la carne de Cristo “se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga... para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado”.

Misterio inaudito y escandaloso la continuación en la historia del sufrimiento del Cordero Inocente, zarza ardiente de amor gratuito ante el cual, como Moisés, solo podemos quitarnos las sandalias; más aún cuando el pobre es el hermano o la hermana en Cristo que sufren a causa de su fe.

Llega hasta tal punto que ni siquiera ve al pobre Lázaro, que mendiga a la puerta de su casa y que es figura de Cristo que en los pobres mendiga nuestra conversión. Lázaro es la posibilidad de conversión que Dios nos ofrece y que quizá no vemos.

Y este ofuscamiento va acompañado de un soberbio delirio de omnipotencia, en el cual resuena siniestramente el demoníaco “seréis como Dios” que es la raíz de todo pecado.

Ese delirio también puede asumir formas sociales y políticas, como han mostrado los totalitarismos del siglo XX, y como muestran hoy las ideologías del pensamiento único y de la tecnociencia, que pretenden hacer que Dios sea irrelevante y que el hombre se reduzca a una masa para utilizar.

Y actualmente también pueden mostrarlo las estructuras de pecado vinculadas a un modelo falso de desarrollo, basado en la idolatría del dinero, como consecuencia del cual las personas y las sociedades más ricas se vuelven indiferentes al destino de los pobres, a quienes cierran sus puertas, negándose incluso a mirarlos.

La Cuaresma de este Año Jubilar, pues, es para todos un tiempo favorable para salir por fin de nuestra alienación existencial gracias a la escucha de la Palabra y a las obras de misericordia.

Mediante las corporales tocamos la carne de Cristo en los hermanos y hermanas que necesitan ser nutridos, vestidos, alojados, visitados, mientras que las espirituales tocan más directamente nuestra condición de pecadores: aconsejar, enseñar, perdonar, amonestar, rezar. Por tanto, nunca hay que separar las obras corporales de las espirituales.

Precisamente tocando en el mísero la carne de Jesús crucificado el pecador podrá recibir como don la conciencia de que él mismo es un pobre mendigo.

A través de este camino también los “soberbios”, los “poderosos” y los “ricos”, de los que habla el Magnificat –con que la Virgen Nuestra Señora aceptó la invitación del Ángel a ser Madre de Dios–, tienen la posibilidad de darse cuenta de que son inmerecidamente amados por Cristo crucificado, muerto y resucitado por ellos.

Solo en este amor está la respuesta a la sed de felicidad y de amor infinitos que el hombre –engañándose– cree poder colmar con los ídolos del saber, del poder y del poseer.

No perdamos este tiempo de Cuaresma favorable para la conversión. Lo pedimos por la intercesión materna de la Virgen María, que fue la primera que, frente a la grandeza de la misericordia divina que recibió gratuitamente, confesó su propia pequeñez reconociéndose como la humilde esclava del Señor.

Acudamos tan bien al Sacramento de la misericordia y el perdón, para conseguir del Señor todas las gracias que quiere derramar en el Jubileo de la Misericordia.

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