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Problemas globales y nuestras “pequeñas” cosas

Como sociedad, a veces damos la impresión que ante los acuciantes problemas que afectan nuestro diario vivir, ignoramos, o al menos intentamos apartar de la mente, lo que ocurre alrededor.
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Esto es bueno por sanidad mental, pero también hay que estar conscientes de que hay realidades planetarias (que se globalizan) y que moldean permanentemente más allá de lo imaginable, nuestro propio microcosmos. El terrorismo mundial, la casi inevitable catástrofe ambiental, los conflictos en el Oriente Medio y sus implicancias en la oleada migratoria a Europa, la amenaza nuclear, la narcoactividad, las epidemias incontrolables e incluso el riesgo para nuestros compatriotas de que una mente enfermiza aterrice en el centro del poder mundial, son, entre otros, desafíos que no podemos ignorar. Y, ni siquiera, los “Panamá Papers”.

Pero nosotros seguimos con nuestros “propios” desafíos, sin luchar lo suficiente para superarlos. Delincuencia desbordada, corrupción generalizada, polarización desenfrenada, autoritarismo descarado, cinismo desbordado, economía estancada, institucionalidad atropellada. Sumemos estas cosas y ya podemos dibujar un perfil del escenario sombrío en que nos movemos. Agregadas a todo aquello “importado”, podemos imaginarnos un cuadro dantesco, que se complica más si en torno a este entramando hacemos un test ideológico para dilucidar quién está mejor capacitado para complicar las cosas.

Este caricaturesco panorama, plagado de galimatías, dirían algunos, tiene por lo menos una pizca positiva porque nos permite rescatar algo que para la mayoría tiene un enorme significado: el concurso de todos los partidos políticos para apoyar la propuesta del Gobierno con medidas extraordinarias para enfrentar la delincuencia desbordada.

Algunos de sus componentes han sido criticados, en parte porque la legislación vigente ya los permitía, porque pueden atentar contra derechos fundamentales, ir en contra de tratados internacionales o porque dotan casi de poderes omnímodos a personas que no deberían estar inmiscuidas, por cuestiones legales o éticas. Lo del financiamiento, especialmente para incorporar a la FA a elementos que eventualmente estuvieron de alta, tampoco es un asunto menor y de esto debemos estar conscientes todos los ciudadanos.

Lo más destacable, en todo caso, por lo menos al momento de arrancar con las primeras acciones, es la voluntad reiterada –así sea por convicción o por la presión ciudadana– de las distintas fuerzas políticas para unirse en un frente común en la lucha contra una enfermedad social que parece incurable. Ese concurso de fuerzas ya es un logro en sí mismo, porque al menos ayuda a disimular la confrontación estéril frente a un mal que a veces da la impresión que se complica cada vez que se pretende atacarlo con más fuerza. Es en este punto donde debe actuarse con toda solvencia y firmeza, por el cúmulo de acontecimientos que rodearon la llamada “tregua”, los personajes que estuvieron involucrados en la misma y los coqueteos de ciertos partidos políticos para granjearse la simpatía y apoyo de las pandillas con fines estrictamente electoreros.

Infortunadamente esto se da –y aquí es donde entran en juego otros factores exógenos– en momentos en que el país está siendo sacudido por casos de corrupción de alto calibre, un sistema previsional virtualmente colapsado, la presencia de aguas contaminadas donde navegan “lícitamente” importantes empresas públicas, los aplausos del partido gobernante para celebrar acto de corrupción en otros países (lo que sugiere complicidad), la información opaca sobre el combate a las epidemias, los conatos de desobediencia social por la falta de acceso a servicios básicos, el desorden del transporte público producto, según se dice, del favoritismo oficial al SITRAMSS que nació con credenciales muy dudosas y, aun así, sigue gozando de enormes beneficios para unos pocos a costa de todos los contribuyentes y de la sana competencia.

Pero bien, regresando al tema central, quisiéramos pensar que la muestra que han dado los señores legisladores para apoyar los planes de seguridad del Gobierno es un precedente importante para buscar consensos básicos alrededor de otros problemas igualmente acuciantes que están echando por la borda las ilusiones de la mayoría.

Consecuentemente, si ese fuere el camino, el país puede empezar a enderezarse, reparar los daños que se le han causado y reforzar las barreras para aminorar el impacto de las plagas importadas que nos debilitan más.

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