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Producción mucho menor y deuda pública mucho mayor. Implicaciones de semejantes hallazgos

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Alberto Arene / Economista/analistaInternacionalmente

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Finalmente llegó con precisión lo que ya sabíamos con imprecisión, que la producción nacional de bienes y servicios ($24,805 millones) es considerablemente menor en 11.5 puntos porcentuales y que la deuda pública ($18,372 millones) respecto a dicha producción (70 %) es considerablemente mayor en 7 puntos porcentuales. Ambos datos son los hallazgos síntesis más importantes del nuevo sistema de cuentas nacionales presentadas por el Banco Central de Reserva la semana pasada con respaldo técnico del Fondo Monetario Internacional. Sus implicaciones son enormes.

Semejante disminución del valor de la producción equivale a 4-5 años de crecimiento a las tasas promedio actuales, después de haber caído varios peldaños en competitividad internacional y haberse deteriorado severamente las calificaciones de riesgo, con sus efectos en la disminución de la liquidez y en el aumento de los intereses para financiarnos a nivel nacional e internacional. En estas condiciones, transformar la economía fortaleciendo los motores del crecimiento de la producción y de las exportaciones y atrayendo/creando otros enfrenta mayores obstáculos respecto a otras economías más competitivas y atractivas regionalmente.

70 % de deuda pública respecto al PIB representa 20 puntos porcentuales más respecto al límite superior aconsejable para pequeñas economías dolarizadas, establecido por el FMI en 50 % como límite superior. Esto es más cierto si la tasa de crecimiento del PIB es tan baja (2 %) y los ingresos tributarios están por debajo de 20 % del PIB (con el nuevo sistema subimos a 17 %). Por eso el FMI recomienda un ajuste adicional de 2-3 % para 2019-20, además de contener el gasto público a favor de la inversión pública, reformar el sistema fiscal y de pensiones, y elevar considerablemente los niveles de inversión privada y crecimiento de la economía, permitiendo reducir la deuda a menos de 60 % del PIB antes de 2024 y a menos del 50 % antes de 2030. Solo así comenzaríamos a salir de la postración económica y social, y podríamos proponernos grandes metas de desarrollo, en adelante. Solo así, comprometidos sin tregua ni pausa con una estrategia coherente sostenida para salir de estos niveles de postración y endeudamiento, lograremos respaldos y compromisos mayores de la comunidad internacional.

Se trata en efecto de más de una década sostenida de reformas hasta hacer sostenible la deuda pública dentro de una estrategia integral de transformación de la economía y de las finanzas públicas. Esto requiere de presidentes, gabinetes económicos y sociales, y mayorías legislativas con visión y compromiso estratégico y flexibilidad táctica, con responsabilidad, disciplina y determinación de lograrlo, por más de una década ininterrumpidamente.

Esto requiere también enfrentar sin tregua ni pausa a aquellos irresponsables aferrados a la misma visión y estrategia que nos condujo a esta situación; a aquellos que impulsaron el “modelo” de crecimiento disminuido y deterioro social liderado por las migraciones y remesas, que consideran que el problema se resuelve cambiando de gobierno sin mayores transformaciones estructurales sostenidas y sin mayores estándares de buen gobierno; y a aquellos populistas encantadores de serpientes que llevarían a la economía, a las finanzas públicas y a lo social –literalmente– al jaque mate.

Tenemos que recuperar tanto tiempo perdido, acelerar la construcción del futuro y poner los primeros cimientos de la sostenibilidad y viabilidad nacional en las próximas dos décadas para –finalmente– entrar al siglo XXI al concluir su primera mitad. Semejantes desafíos no son para los mediocres e incapaces de generales tan conocidas, sino para patriotas visionarios, estadistas, ciudadanos-políticos de alto calibre con capacidad y disposición de impulsar sostenidamente semejante tarea transformadora.

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