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Productividad, competitividad y educación: la trilogía virtuosa del progreso real

El Salvador necesita crecer con apremio insoslayable; y a fin de crecer en la medida y al ritmo requeridos, hay que indagar por dónde y cómo debemos ir para lograrlo. Crecer implica inversión y empleo como factores decisivos. Pero eso no se logra con ocurrencias e improvisaciones, por ingeniosas que sean.
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En el país, si algo se hace sentir como una falta que tiene consecuencias muy depredadoras es la ausencia de análisis consistentes que conduzcan a diagnósticos completos y realistas sobre lo que hay que hacer para propiciar estabilidad en función de progreso y desarrollo. Esto viene siendo así desde siempre, y por eso se han desperdiciado tantas oportunidades irrecuperables y se han dejado perecer iniciativas de gran valor. Ejemplo vivo de esto último es lo que ocurrió hace una década con el modernizado Puerto de La Unión, destinado originalmente a ser enlace con Puerto Cortés, en Honduras, para activar una ruta de comercio mundial, y que se frustró por manipulaciones políticas del más bajo nivel.

Ahora, la necesidad angustiosa de escapar de las trampas inhabilitantes en que nos hallamos postrados empuja hacia una planificación que se salga de lo trivial y avance hacia lo fundamental. El Salvador necesita crecer con apremio insoslayable; y a fin de hacerlo en la medida y al ritmo requeridos, hay que indagar por dónde y cómo debemos ir para lograrlo. Crecer implica inversión y empleo como factores decisivos. Pero eso no se logra con ocurrencias e improvisaciones, por ingeniosas que sean. Como decíamos hace un instante, se necesita planificación que avance hacia lo fundamental; y tal planificación debe responder inequívocamente a lo que El Salvador tiene y a lo que El Salvador aspira.

Entre lo que El Salvador tiene, sin duda lo más valioso y prometedor es la gente. Y las aspiraciones nacionales están marcadas por el anhelo de superación, que no reconoce fronteras, como se puede constatar con el fenómeno migratorio. Entonces, hay que saber conjugar el flujo humano con las condiciones en el terreno. Esto implica, como tantas veces hemos mencionado, estructurar un plan nacional en el que, dados los componentes naturales del fenómeno, se establezcan las prioridades de activación, poniendo en primera línea los tres componentes que mencionamos en el título de este editorial: productividad, competitividad y educación.

Esos tres elementos habría que moverlos en el siguiente orden: definir la productividad, poner la competitividad al servicio de la misma y hacer que la educación se vuelva la estructura de sostén impulsivo dentro del esquema. Si se consigue por fin que todos los dinamismos interactúen dentro de esa planificación que los ubica en los puestos que les corresponden, se podrá posibilitar un avance que no esté sólo en las declaraciones y en los discursos sino que trascienda hacia los planos de la realidad vivida.

Todas las fuerzas vivas del país tendrían que concertarse para actuar en común, dentro de sus respectivos campos de competencia, en función de ir definiendo planteamientos compartidos para hacer que el progreso se manifieste en todas sus posibilidades. El país ya no puede seguir a la deriva, y ahí está la clave de una regeneración integral e integradora.

Estamos en campaña presidencial, y el fenómeno propositivo se halla en auge. Esperamos oír mensajes que enfoquen y traten todas estas cuestiones vitales, para ya no seguir hablando en vano.

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