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Prohibido morir

<p>Historia de Ripley: el alcalde de una pequeña ciudad, ante la falta de cementerio local, resolvió el problema proclamando un edicto: “Prohibido morir”. Más allá del absurdo, el intelecto encontraría digno meditar sobre nuestras actitudes ante la muerte, tema que, para la gente de fe, se resolvería invocando la inmortalidad del alma y que, para los incrédulos, debería ser indiferente.</p>
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<p>No pondré mi acento en debates de esa índole y explicaré mi verdadera inquietud: ¿Llamamos “vida” a la sucesión de nacer, crecer, reproducirse y envejecer? ¿Llamamos “vivir” al microescenario donde exhibimos penas y glorias domésticas, luchando por satisfacer apetitos? ¿Es “vivir” el ciclo de sueño, vigilia, trabajo y ocio? Sin importar la faena, oficio o profesión, ¿nos basta esta cuota de rituales, pasatiempos y labores para sentirnos realizados? ¿Hay un espacio para soñar, para trascender esta rutina demoledora?</p><p>Son preguntas retóricas, pretexto para alzar la voz y decir: “¡Prohibido morir!” Pero no hablamos ya de muerte física, sino de muerte espiritual y emocional, el estado zombi-vegetativo del que, abandonando sueños, valores e ilusiones, se rinde y degrada al conformarse con ser simple pieza de recambio de la gran máquina, la sociedad autocomplaciente que nos aturde y embelesa con sus subproductos masificados. Nos quejamos de un sistema deshumanizado, pero somos indiferentes a las luchas de aquellos que dan la espalda a la mediocridad y el conformismo. La respuesta de la gente ante estos “guerreros emocionales” (como los llama Claude Steiner) pasa desde testigos apáticos hasta franca hostilidad. Cuando la gente es honesta y fiel a sus ideales y principios, cuando la buena fe es su manual de vida, se expone a grandes peligros. </p><p>El maestro que desafía al sistema si se le pide enseñar propaganda y no ciencia, el médico que desobedece una orden si sabe que con ello vulnera los valores de su paciente, el fiscal que sabiendo inocente a un indiciado reclama el cese de la persecución, el funcionario público que arriesga el puesto antes que corromperse con dinero ajeno, todos son buenos ejemplos de héroes cotidianos que se exponen a ser maltratados y purgados.</p><p>Lo había dicho Cristo: “Miren que los envío como ovejas en medio de lobos” (Mateo, 10:16). Muchos agachan la cabeza y desvían la mirada cuando el justo es perseguido y ridiculizado... Vemos en acción “mecanismos de control social”, maneras de mantener a todos los pájaros dentro de la jaula. Cito a Roger Waters: “No te dejarán volar, quizás te dejen cantar”. Y cantando se va la vida, al ritmo que otros imponen, sin romper moldes, siguiendo argumentos ajenos, renegando de una libertad que no tenemos coraje para conquistar. Sin fe, sin sueños, el cadáver ambulante se desmorona poco a poco, ante la mirada impasible del mundo.</p><p>Pero nunca es tarde. Saquemos lustre a la vieja armadura. Aprendiendo a disentir recuperemos el don del pensamiento libre, reconquistemos el derecho a la autonomía. Dediquémonos con empeño y disciplina a las faenas, haciendo del trabajo una obra de arte, que nuestra hoja de vida sea como un museo de Bellas Artes, abierto al mundo. Empuñando el machete, el martillo de la justicia, la escoba, la pluma, el bisturí o luchando con manos desnudas, no importa lo encumbrado o humilde del campo de batalla, la lucha por vivir tiene como objetivo el Paraíso en la Tierra. Pero es un Paraíso en construcción, que demanda devoción a la excelencia, sin conformismos. Trabajemos, pues, de manera excelente; hagamos aportes significativos, enseñemos a nuestros hijos a no claudicar. </p><p>Retomemos el mandato: “¡Prohibido morir!”. Hay demasiado en juego: nuestra dignidad de buenos salvadoreños y la felicidad, aquí, ahora y siempre.</p>

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