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Promesas electorales 2018: los grandes ausentes

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Roberto Rubio-Fabián / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Las promesas/propuestas electorales de los candidatos a alcaldes y diputados suelen moverse en el plano de la generalidad. Se hacen para ganar, no para gobernar o legislar. Se vacían de contenido y se llenan con altas dosis de irresponsabilidad. Mientras más general y abstracta es la promesa/propuesta, menos responsabilidad y compromiso de los candidatos. Palabras ligeras que se las lleva el menor soplido cuando estos saborean las mieles del poder, o la realidad los obliga al polo a tierra.

Valga señalar que no todo lo que hemos estado oyendo de los candidatos sean puras generalidades. Hay algunos pocos candidatos que han sido más responsables y concretos. Pero también existen algunos que proponen cosas concretas de la peor calaña populista. Por ejemplo, en materia de seguridad hemos escuchado aquellos que, manipulando la desesperación e impotencia de la población ante la criminalidad, proponen resucitar la Guardia Nacional, aplicar la pena de muerte, triplicar la Mano Dura. Como si revolcándonos en las tumbas del pasado y conjurando el fantasma del General Martínez vamos a enfrentar adecuadamente el profundo y complejo problema de la inseguridad de hoy en día. La matonería podrá servir para obtener algunos votos, pero no para obtener diputados capaces y honestos que legislen en favor del bienestar de la población.

Pero no solo es la vaguedad y superficialidad de la mayoría de las promesas/propuestas lo que llama la atención, o el talante populista de algunas de ellas, sino también la ausencia de temas fundamentales en la agenda de los candidatos, especialmente a la Asamblea Legislativa. En este sentido, la economía y la ética han sido los grandes ausentes.

En los candidatos a diputados/as han abundado referencias generales a la generación de empleo y a la atracción de inversiones. Escuchamos ideas económicas etéreas y dispersas de los candidatos, pero no hay planteamientos estratégicos como partido. Ninguno de estos ha dicho algo serio sobre cómo enfrentar uno de los principales problemas de nuestra economía: su falta estructural y sistémica de crecimiento. Ningún partido ha formulado cuál sería la estrategia de crecimiento y desarrollo que va a orientar su agenda legislativa, y por tanto de su próxima agenda presidencial. Tampoco han dicho ni pío en materia fiscal.

Otro gran ausente en las promesas electorales es la ética. Se dice amar la transparencia, pero nadie se quiere casar con ella. Prometen ser honestos, pero no dicen cómo y a qué se comprometen. Abundan las declamaciones huecas y ligeras, y escasean las maneras de traducir la ética en las prácticas legislativas. Ahora resulta, dado que el tema de la corrupción es valorado electoralmente, que incluso candidatos con alto pedigrí de corruptos, cínicamente prometen combatir la corrupción. Mucho menos hay posición de partido respecto a los compromisos concretos que piensan asumir para combatir la opacidad, la corrupción y la impunidad: ¿qué privilegios legislativos concretos se comprometen eliminar?, ¿qué leyes piensan aprobar o reformar para fortalecer el combate a la corrupción?, ¿qué medidas específicas proponen para fortalecer la Fiscalía, el Instituto de Acceso a la Información, el Tribunal de Ética, y la Corte de Cuentas, y evitar el control partidario de estas instituciones?, etcétera. En fin, tal parece que los partidos en contienda valoran más las fotos retocadas que tocar temas de fondo.

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