Promover la prosperidad implica crear condiciones para que el progreso se vuelva generalizado y permanente

En ese orden, la Alianza para la Prosperidad del Triángulo Norte de Centroamérica envía, de entrada, un mensaje de racionalidad histórica que todos tenemos que asumir con beneplácito y con compromiso.
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Las condiciones de la realidad han sido los factores principales para que se haya puesto sobre el tapete el plan Alianza para la Prosperidad del Triángulo Norte de Centroamérica, bajo iniciativa estadounidense en coordinación con los tres países que forman dicho Triángulo: Guatemala, El Salvador y Honduras. Fue la cuestión específica del incremento masivo de migraciones ilegales infantiles hacia el Norte la que detonó este proyecto, que evidentemente constituye no sólo una gran oportunidad para generar condiciones positivas en nuestra área sino que ubica la problemática en el plano de los hechos reales y de algunas de sus causas más determinantes.

La caudalosa migración del Sur hacia el Norte es un fenómeno que, en nuestro tiempo, presenta características muy propias. Se trata de trasvases poblacionales movidos, en gran medida, por el impulso de acercarse al desarrollo lo más pronto posible, y eso explica en buena medida que los migrantes actuales ya no vayan a desaparecer como tales en sus lugares destino, sino que vayan a emerger en ellos. Y esto, desde luego, enfatiza el imperativo de estimular de veras los factores que alienten la permanencia en los lugares de origen. De ahí que sea tan significativo comprometerse en serio con la prosperidad, como lo sugiere el mismo nombre de la Alianza que comentamos y que ya va en camino.

El proyecto, tal como está concebido, comprende cuatro áreas de acción: la dinamización productiva, el incremento de oportunidades efectivas para la población, la modernización institucional en concordancia con el mejoramiento de la seguridad y el ordenamiento del gasto público en clave de transparencia. Las líneas generales están trazadas, y de lo que se trata hoy es de hacer que esas líneas se vuelvan proyectos y que estos se vayan instalando en el terreno.

Es un buen signo funcional el que se haya acordado adoptar para la Alianza el modelo de gestión de FOMILENIO I y de FOMILENIO II, según la experiencia salvadoreña. Es muy importante garantizar no sólo el buen desempeño administrativo sino la claridad inequívoca en el manejo de los fondos. Pero puestos en este punto se vuelve vital insistir en algo que casi siempre se queda en el aire: la continuidad de los proyectos una vez que los respectivos compactos han cumplido su fin. Para el caso, FOMILENIO I está hoy prácticamente en el abandono; y eso podría ocurrir con FOMILENIO II y con la Alianza en marcha si no se asumen los compromisos de darles seguimiento expansivo de manera permanente.

Todos tenemos que apostarle al éxito de la Alianza referida, que, de resultar como todos los augurios anuncian, será un hito no sólo en relación con nuestras condiciones socioeconómicas sino también en lo tocante a lo que debe ser el tratamiento efectivo de los problemas migratorios, que son flujos humanos que hay que ordenar de manera sensata y nunca tratar de detener con artificios que resultan contraproducentes.

Es notorio, fuera de toda duda, que los tiempos evolucionan, y que la clave de la buena gestión en cualquier campo está en evolucionar con los tiempos. En ese orden, la Alianza para la Prosperidad del Triángulo Norte de Centroamérica envía, de entrada, un mensaje de racionalidad histórica que todos tenemos que asumir con beneplácito y con compromiso. Es sólo el principio de un nuevo estilo de relación que hay que potenciar vigorosamente de aquí en adelante.

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