Propósitos nobles: mejorar familia y política (1)

Estoy segura que los propósitos de año nuevo para lograr tener una mejor familia y un país más próspero ya los hemos escritos con bonita letra en la agenda física o la digital. Quisiera compartir algunos consejos sobre cómo cumplirlos sin renunciar en la lucha por alcanzarlos o en la impaciencia por esperar resultados a corto plazo; sin que nos haga caer en intolerancia ante los defectos pequeños y molestos de los compañeros, amigos y familiares; o en juicios tajantes y críticos hacia los demás; y, sobre todo, sin caer en la frustración.
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“Robert Spaemann, filósofo alemán, apunta que para obrar bien es preciso hacer justicia a la realidad. Esto requiere de la prudencia, la más importante de las virtudes morales. En la vida personal cotidiana, en la vida eclesial o en la vida social (por ejemplo, en la política) es necesaria la prudencia, que no es mera cautela o moderación, sino sensatez o buen juicio. Ser prudente consiste en discernir y distinguir lo que es bueno o malo en una determinada situación, para saber cómo hay que actuar y decidirse a ello. La prudencia es la virtud que guía a la conciencia moral”. Ramiro Pellitero Iglesias, profesor universitario.

La prudencia actúa por tres pasos sucesivos: la deliberación; el juicio, dictamen o discernimiento acerca de la situación (tomar conciencia de la situación); y el imperio o decisión de actuar. Para ser prudente se requiere tener en cuenta quién es uno y por qué desea una cosa u otra. Quienes son egoístas y miran solamente sus intereses sin atender a los demás es imprudente. También la persona que no es dócil, porque no se deja decir algo, es imprudente, ya que se opone al conocimiento de la realidad. Se puede ser insensato por falta de suficiente reflexión y por inconstancia. En cambio, quien sopesa la realidad, puede vencer las tentaciones de injusticia, deslealtad, cobardía o intemperancia con sus amigos, familiares o compañeros de equipo o partido.

“Se puede ser imprudente por falta de decisión e inseguridad. Se puede ser culpable si es resultado de un centrarse en sí mismo sin mirar a Dios ni a los demás, pues una mirada global alrededor es lo que enriquece la esperanza y la experiencia, y permite darnos el mínimo de certeza (no puede existir una certeza total sobre el futuro) para decidirnos a actuar. También se puede fallar en la decisión por simple omisión o negligencia, y esta a su vez por pereza o cobardía; y en general por falta de madurez en el autodominio, que con frecuencia está unido a la lujuria y la visión materialista de la vida. Esto puede llevar a la astucia: actuar o no por mera táctica o intriga, actitud opuesta a la verdad, a la caridad, a la rectitud del espíritu y a la magnanimidad, y proclive a la mezquindad (falta de nobleza o tacañería) y a la pusilanimidad (ánimo pequeño o falta de valor para emprender lo grande o tolerar las contrariedades). En el fondo de todo esto, dice Tomás de Aquino, suele estar la avaricia, el aferrarse al instinto de conservación (de ahí la acepción popular de prudencia como un abstenerse de actuar por miedo al riesgo)”. Ramiro Pellitero Iglesias.

(Continuará).

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