Propuesta educativa desde Morazán

En aras de contribuir a la sostenida discusión sobre el estado de la educación nacional, quiero aportar una propuesta concreta, a partir de mi experiencia de siete años en el Centro de Desarrollo Integral Amún Shéa, en el norte de Morazán.
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Esta experiencia es tan solo una entre las opciones educativas, de validez comprobada, que existen en El Salvador, la región centroamericana y en el mundo.

En una realidad donde existe tanta diversidad es necesario cuestionarse si la uniformidad buscada por un programa nacional de educación sigue siendo válida hoy en día. Mi premisa es que el ritmo de aprendizaje, como también el interés y la motivación, tienen un alto componente individual, y muy difícilmente serán desarrollados plenamente a través de la estandarización curricular y metodológica.

Mi propuesta apunta a la “liberación educativa”, que consiste en elevar la exigencia académica y en ampliar las vías de aprendizaje; en establecer con claridad la meta de educación y los requerimientos de evaluación, pero dejando a la libre elección de la persona el camino para alcanzarla.

Para ello sería necesario establecer una comisión o grupo de especialistas externos a las instituciones formativas. Obedeciendo el criterio de separación entre juez y parte, esta comisión se encargaría de definir criterios estandarizados de excelencia, fijando metas claras para cada especialidad y estableciendo los mecanismos para evaluar a los que aspiran a titularse.

En nuestros días, a menudo con resultados dudosos, son los mismos centros educativos y universitarios quienes se encargan de titular a sus propios estudiantes. Con un procedimiento de este tipo, la efectividad o validez de un centro o programa educativo estaría determinada solo por la calidad de los graduados que produce, sin necesidad de tanta discusión sobre enfoques, prácticas o el papel de los docentes.

Además de las competencias técnicas y académicas, las metas educativas responderían a un perfil de persona y ciudadano deseable para sacar a El Salvador del atraso y la violencia. Por ello, mi propuesta no quiere reemplazar al sistema público, sino enriquecerlo con alternativas independientes más ágiles y adaptables a necesidades y oportunidades locales.

La liberación educativa, como la entiendo, consiste en flexibilizar la uniformidad curricular y metodológica, así como los obstáculos burocráticos que no contribuyen directamente al proceso de formación. El Estado, en este escenario, podría enfocarse en fomentar y apoyar programas alternativos que den respuesta a la diversidad de intereses y pasiones de la población estudiantil, como también a la demanda real del mercado laboral, técnico y profesional local.

Lejos de ser un planteamiento romántico, esta propuesta responde a una realidad de desigualdad en la distribución de recursos y oportunidades según la ubicación geográfica y la extracción social de los estudiantes. Por contraste, el sistema educativo tradicional es “idealista” pues parte del supuesto de que existe igualdad de condiciones en un territorio nacional que, pese a ser pequeño en territorio, es altamente diverso. Si somos capaces de liberarnos de esquemas rígidos podríamos nivelar la cancha para todos los jugadores. Hemos comprobado que, ante la falta de recursos, florecen las soluciones creativas a los problemas.

Quienes somos de la generación de Pink Floyd recordamos que su clásico “Another Brick in the Wall” nos invitaba a cambiar el mundo. El reto no consiste en cambiar el color de los ladrillos o en sustituirlos por otros de menor calidad, sino en liberarnos de una vez por todas de la uniformidad esclavizante que domina la noción vigente de la educación.

Tags:

  • educacion
  • morazan
  • violencia
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