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Próxima parada

El tráfico y las trabazones son sin duda una de las constantes urbanas más universales. Y por supuesto, siempre un problema. Porque la congestión urbana es antes que nada una congestión, a secas, que afecta todo, el individuo como la sociedad, desde la uña más larga hasta la cima de la cabeza.

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Florent Zemmouche

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Claro está, los embotellamientos en diferentes capitales del mundo no tienen la misma causa. Pero ya sean en París o en San Salvador, hay que solucionarlos. En El Salvador, tenemos la terrible impresión de estar viviendo en "La autopista del sur" de Cortázar que se desarrolla justamente en Francia, encerrados en un carro, bloqueados entre buses, camiones, camionetas, humos negros, gases, miradas silenciosas y olores, durante minutos, horas, a veces días, y meses... pero como no estamos en el universo cortaziano, la experiencia es desagradable sin ser lúdica, no nace ninguna comunidad rica y solidaria por su improvisación; solo bocinas e insultos estallan acerados por un sol carnívoro.

Encerrados y apretados, sin horizonte, todo se vuelve agobiante, el otro, el mundo y nosotros para nosotros. Surgen impulsos bestiales, ganas de gritar, pegar: cólera, odio y exasperación, nada más. Y ya es mucho. Por eso la congestión no solo es automovilística: es total, de las llantas pegadas al fuero interno de uno. Es un verdadero problema social. Al parecer, la mayoría de los diputados no la ha entendido aún.

En un primer esfuerzo de consideración, la plaga podría resumirse de una manera bastante simple, incluso quizá levemente simplista: en las calles sansalvadoreñas, hay demasiados carros en espacios demasiado pequeños. O mejor aun, hay muchos más autos que individuos en espacios pequeños. Por lo cual, naturalmente, no se puede avanzar, la circulación colapsa. Una palabra: congestión.

Una razón: desproporción. Entre la cantidad de carros y los salvadoreños. Una solución: el transporte público. Parece tonto, y el error lo es, pero no lo somos necesariamente nosotros, los automovilistas paradójicamente solitarios, ni tampoco los buseros. El problema viene del sistema entero que tiene que trabajar sobre los transportes públicos, para que de verdad sean transportes y públicos. Que sean prácticos, modernos y seguros para que dejemos todos, sin dudar, los carros para subirnos en un bus llamado sociedad con todas las ventajas que tal medio puede ofrecer, y son muchas, en ningún caso despreciables, aun menos por nuestros políticos.

Lo he dicho, el problema es sistémico, pero será mejorado gracias a los individuos, por nosotros, que debemos dejar el carro por los transportes públicos, pero antes, por el gobierno y los legisladores para que podamos vivir como sociedad. Porque de eso se trata. Así empezarán a solucionarse muchos otros problemas, es el principio de una larga cadena de hechos intrincadamente vinculados. Que el Estado ofrezca la estructura idónea para convivir, en un bus como en cualquier otro lugar. El esfuerzo empieza con los transportes, son el espejo de toda una sociedad.

Puede parecer un detalle a primera vista, un programa anecdótico, pero tiene su importancia, incluso de primer orden, porque tiene consecuencias en muchos ámbitos de la sociedad. Con un verdadero trabajo y soluciones serias, se abre un espacio para confiar por fin en el Estado, sus estructuras, sus objetivos, sus representantes, nuestros gobernantes.

Muchos de los diputados no lo entienden o, bloqueados a su vez en un tráfico infinito de intereses deshonestos, no lo quieren entender, y fallaron. Por todas esas razones, suprimir o aliviar los atascos, es decir, mejorar o reconstruir los transportes públicos, debe ser la próxima parada del recorrido presidencial de Bukele. Y lo puede hacer. Todavía no es muy tarde para reaccionar, aún no.

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  • tráfico
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