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Prueba superada

El horizonte se extendía en un dibujo de montañas remotas. En la cercanía se divisaba la alfombra multicolor de las tierras cultivadas.
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Desde el torreón, todo parecía a la vez próximo e inalcanzable. Y tal sensación era lo que el recluso había estado buscando desde siempre. Buscándola, sin acabar de encontrarla. Aquel día, se le había anunciado visita, algo realmente excepcional, porque su reclusión era un objetivo de vida. Cuando se recluyó en aquella torre lo hizo con el propósito de dedicarse a hacer su propio mundo en la meditación y en la oración. A la hora indicada, llegó el visitante. Era un antiguo conocido. “¿Cómo va tu proceso?” le preguntó el recién llegado. “No sé. Estoy descubriendo algo que no esperaba”. “Ah, te llegó la hora –dijo el recién llegado--: el descubrimiento de que sólo un mundo existe, el que habita en tu mente, con independencia del lugar en que vivas”. Unos días más tarde, su decisión estaba tomada. Volvería a su antigua realidad de vida y de trabajo, y en esa realidad buscaría los espacios para meditar y para orar. Subió al torreón por última vez. No pudo observar nada, porque la bruma invernal lo envolvía todo.

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